2. INMIGRANTES, LEGALES O ILEGALES, FUERA!

Las pulsiones violentas, incentivadas a menudo por los demagogos políticos, se reciclan como medidas de protección frente a la “amenaza” de los inmigrantes, incluso los “legales”, que, en el imaginario, resultan también ilegítimos.

En el rechazo que la víctima expiatoria sufre, aparecen siempre huellas del pasado mezcladas con fantasmas modernos, temores que no han sido atajados por la cultura civilizada. El antisemitismo histórico y el antiislamismo actual atestiguan prejuicios profundos, aunque no siempre conscientes. Se pueden detectar en las burlas, en el humor, en la descripción misma de los acontecimientos diarios. Las consecuencias de esto son innumerables, tanto para las víctimas como para la propia sociedad. Para quienes lo sufren, la vida es una batalla diaria que les enfrenta a una constante mirada despectiva. Para la sociedad, esto es aún más grave porque debilita el Estado de derecho y emascula culturalmente su identidad.

Por otra parte, la globalización de la economía, que incentiva desplazamientos masivos de poblaciones, genera inevitablemente la cosmopolitización de las sociedades. Esto provoca inquietudes, incomprensión y, a veces, rechazo. En este contexto, los grupos sociales más vulnerables en las sociedades europeas pueden percibir la población que se mueve como intrusos, enemigos en la competición social.

 

En el rechazo aparecen siempre huellas del pasado mezcladas con fantasmas modernos, miedos no atajados

 

Los partidos políticos nacionalpopulistas se han especializado en la manipulación de estos temores. Su retórica gira en torno de ideas simples, primitivas y tremendamente eficaces: los inmigrantes “quitan” el trabajo a los nacionales, la porosidad de las fronteras favorece la invasión migratoria, la UE nos impide actuar, la liberalización de los usos destruye nuestros valores, etcétera.

Es altamente significativo que Marine Le Pen en Francia y Matteo Salvini en Italia, tras la aprobación del pacto sobre la inmigración europeo, proclamaran a voz en grito que es un “¡pacto con el diablo!”. Redundaban así en el traslado de afectos negativos hacia los inmigrantes, una liberación, sin tabúes, de la instancia represiva que provoca inmediatamente pasar a la acción, haciendo fluir, sin inhibición, la agresión verbal o física. El nuevo fascismo de hoy en día racionaliza estas proyecciones fóbicas, utiliza la fragilidad de grupos sociales abandonados —o que se sienten ninguneados— y oculta las causas reales de esta fragilidad, fomentando sentimientos y explicaciones autocomplacientes, aunque erróneas.

Utilitzem cookies pròpies i de tercers per millorar l'experiència de navegació.
En continuar amb la navegació entenem que acceptes la nostra política de cookies.