¿CONCORDIA? ¡PUES SÍ!

MIQUEL ROCA I JUNYENT

La Vanguardia

 

 

Invocar la concordia pone nerviosa a alguna gente. En cuanto se insinúa una posibilidad, por pequeña que sea, de avanzar en una dirección que tenga como objetivo un clima de concordia, hay personas que sienten la necesidad de hacerlo imposible o, como mínimo, muy difícil. La concordia es denunciada como expresión de debilidad, de renuncia inconfesable, de incoherencia ideológica. Predicar la concordia estimula el deseo de la incontinencia verbal. La descalificación es el premio que se reserva a los que tengan el coraje de proponernos trabajar para la concordia. La confrontación es la señal de la política ambiciosa; la concordia, la expresión de la renuncia escondida.

¡Qué atrevida es la ignorancia! La libertad tiene como objetivo la concordia. Solo la concordia da sentido a la expresión de la discrepancia democrática. Somos libres cuando la discrepancia y la diferencia no son un obstáculo para la concordia. Una sociedad afortunadamente diversa y plural encuentra en la libertad la garantía de su expresión; pero solo la concordia como objetivo colectivo nos hace a todos realmente libres. La con­cordia da vida a la discrepancia; para ­acabar con la discrepancia, se persigue la concordia. Algunos tienen miedo de la concordia.

El precio de la libertad es saber aceptar la libertad de tu adversario.

Y la concordia como horizonte no se construye ni fácil ni rápidamente; ni de un día para otro; hay que trabajarla, día a día, con grandes pronunciamientos pero también con pequeños pasos, con gestos, con formas y con prudencia democrática. Una sociedad dividida no es una manifestación de convivencia exitosa; la concordia es siempre un ejercicio de transver­salidad, de complicidades compartidas, de diferencias respetadas, de renuncias aceptadas. La intransigencia, la intolerancia, el monopolio de la verdad no están en el escenario de la concordia.

Buscar la concordia, dar vía libre a la discrepancia, recorrer al diálogo y a la negociación para superar el conflicto, nos corresponde a todos. Son las herramientas para superar la incomodidad de la diferencia. Quien quiera practicarlas ha de aceptar asumir el coste de la libertad; esta, la libertad, tiene un precio. Y no es otro que el de saber aceptar, para integrarla en el proyecto colectivo, la libertad de tu adversario. La concordia suma adversarios. Los que no lo aceptan prefieren perseguirlos o callarlos.

Por esto, la concordia como objetivo es la base de la política de futuro. Sin concordia no habrá crecimiento económico; sin concordia, la creatividad cultural quedará limitada a modelos empobrecidos, sin concordia la deseada sostenibilidad es una quimera inútil; sin concordia nunca haremos del mundo un escenario de paz, de libertad y de progreso.

Así, pues, ¿quién está en contra de la concordia? Sabiendo que tanto es estar en contra declarándolo claramente como criticando con excusas diversas cualquier ­esfuerzo que se proponga mejorar la convivencia o superar fracturas sociales, o instalarse simplistamente en la negociación del diálogo como herramienta democrática. Quizás muchos dirán que comparten estas ideas; pero, sinceramente, no lo parece. Más bien se diría que quieren fortalecerse denunciando la concordia como expresión de debilidad. La Constitución del 78, para ser la de la concordia, hizo del pluralismo, del respeto, de la diferencia, del reconocimiento democrático de la discrepancia, su valor fundamental.

Ahora, hay que volver a ratificarlo.

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