CUANDO LA POLÍTICA PASA DE LOS JÓVENES

MILAGROS PÉREZ OLIVA

El País

 

Las nuevas generaciones quedan fuera de las prioridades de gobierno. Las medidas que más les beneficiarían son las que más resistencias políticas encuentran

Bernie Sanders tuiteaba el viernes lo siguiente: “Puede que sea una idea radical, pero yo creo que tener un trabajo debería sacar a los trabajadores de la pobreza, no sumergirlos en ella”. Que alguien que trabaja pueda tener asegurado el sustento era una idea común no hace tanto tiempo. Que ahora se la pueda encuadrar en el marco mental de la radicalidad indica lo mucho que hemos retrocedido. El veterano senador norteamericano prosigue su incansable batalla por recuperar el poder de las palabras y las ideas: “Durante esta pandemia, el 63% de nuestros trabajadores viven de cheque a cheque. Mientras tanto, 664 multimillonarios se enriquecieron 1,3 billones de dólares más. Tal vez, solo tal vez”, ironiza, “deberíamos construir una economía que trabaje para todos”. Habla de Estados Unidos, pero lo que describe es algo común a todas las economías avanzadas. En realidad se están refiriendo a lo que algunos autores han descrito como la secesión de las élites.

Crhistophe Guilluy, que ha analizado a fondo revueltas sociales como la de los chalecos amarillos en Francia, defiende la sugerente teoría de que el auge de los populismos es en realidad el grito desesperado de la gente corriente, de las clases populares, que con su voto y su ira afirman su existencia ante el intento de aplastarlas en el anonimato y desposeerlas de las seguridades vitales que habían conquistado. Y no es casualidad que la fórmula que con frecuencia se utiliza para desacreditar su demanda de justicia social sea etiquetarla como radical y populista.

La pérdida de poder de decisión y de poder adquisitivo ha ido en paralelo y afecta con mayor intensidad a los jóvenes que, por primera vez en muchas generaciones fuera de los tiempos de guerra, ven comprometida la posibilidad de emanciparse y de tener una vida autosuficiente. Sorprende que siendo las nuevas generaciones la esperanza de cualquier sociedad, sus intereses estén tan relegados en la agenda política. Ahora mismo deberían ser objeto de políticas intensivas de formación e inserción laboral. En lugar de eso, las reformas que podrían mejorar de forma más directa su situación, son precisamente las que más resistencia política encuentran: la derogación de la reforma laboral del PP, que condena a los jóvenes al paro o a la precariedad, y la política de vivienda, que debería poner fin a la creciente desproporción entre los salarios y el precio del alquiler. La inseguridad laboral y la dificultad para acceder a una vivienda explican que la edad media de emancipación en España esté ahora en los 32 años.

El desempleo juvenil de los menores de 25 años ha pasado del 32% al 43,9% en apenas seis meses, según datos de Eurostat. Y la tasa de emancipación antes de los 29 años ha caído desde el 33% de 2008, al 24%, según un informe del Observatori DESC. Eso significa que el 76% de los jóvenes de esas edades siguen dependiendo de la ayuda familiar. Mientras tanto, el precio del alquiler en Barcelona ha subido desde el final de la crisis, en 2013, un 42,7%. Quizá, solo quizá, como ironiza Sanders, deberíamos hacer unas políticas que trabajen para todos, también para los jóvenes.

Porque todo esto tiene enormes implicaciones de futuro. El pacto social que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial fue como una ola gigantesca que inundó de bienestar amplísimas capas de la sociedad, conformando unas clases medias y populares relativamente acomodadas que miraban al futuro sin miedo. Pero en los años ochenta esa ola empezó a retirarse por la fuerza de atracción del neoliberalismo, y de la misma forma que todo florecía a su paso cuando se expandía, ahora que se retira, todo se seca y se agrieta. Guilluy estima que solo alrededor del 30% de la población goza de un estatus que seguridad que no le hace temer por el futuro.

El trabajo está dejando de ser el principal instrumento de inserción social y económica de las personas, y su devaluación como sistema de distribución de la riqueza hace que mucha gente dependa de subsidios que no garantizan una subsistencia digna. Nadie que dependa de un sueldo tiene la supervivencia garantizada. En cualquier momento puede perderlo. Por eso muchos abuelos que vivieron el espíritu del 45 y construyeron el Estado de bienestar no entienden que sus nietos estén perdiendo lo que ellos dieron por conquistado para siempre. Qué pensarán los viejos sindicalistas que lucharon por las 40 horas semanales cuando ven que los jóvenes analistas de Goldman Sachs reivindican trabajar 80 horas a la semana como máximo. Y eso ellos, que son los privilegiados, porque los riders también trabajan jornadas interminables y apenas les da para vivir.

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