DESPUÉS DE PIKETTY: EL DEBATE SOBRE LA DESIGUALDAD CONTINUA

 

LÍDIA BRUN / IGNACIO GONZÁLEX

 

 

Hace 4 años, el economista francés Thomas Piketty (Confer foto) escribió un libro que supuso un revulsivo en círculos académicos, políticos y mediáticos. En más de 700 páginas, exponía los principales hallazgos de su exhaustiva recopilación de datos sobre desigualdad de renta y riqueza a lo largo de los siglos XIX, XX y XXI, para varios países. El resultado es un libro, Capital en el siglo XXI (C21), que aporta abundante evidencia empírica de que la desigualdad está creciendo hasta niveles comparables con sociedades de hace 200 años, que creíamos política y culturalmente superadas. Pero Piketty no se queda aquí, y también argumenta que la época “dorada” de crecimiento inclusivo y reducción de las desigualdades fue una anomalía producto de una contingencia histórica (las dos guerras mundiales), que consiguió romper con una regularidad empírica del capitalismo: la famosa r > g.

La reacción a las tesis de Piketty fue intensa en ambos lados del espectro ideológico. Sus predicciones pesimistas sobre un futuro de crecimiento estancado y alta desigualdad, donde la riqueza y el estatus heredados predominan por encima de las oportunidades universales, fueron descartadas por los más afines a las tesis neoclásicas tradicionales. Por otro lado, su planteamiento ambiguo sobre el carácter presuntamente inevitable de las dinámicas de desigualdad en el sistema capitalista le granjeó la oposición de algunos economistas progresistas. A pesar de estas reacciones, el libro tiene la virtud de poner el foco sobre un tema largamente ignorado en la disciplina económica, permitiendo que hayan aflorado el trabajo de miles de investigadores de diversas disciplinas y generando un interés renovado por la desigualdad. Tres años después de la publicación de C21, los economistas Heather Boushey, Bradford DeLong y Marshall Steinbaum nos presentan Debatiendo con Piketty (traducido del inglés original ‘After Piketty’ por Deusto), una recopilación de artículos académicos de múltiples disciplinas que reflexiona sobre el libro para señalar nuevas hipótesis y líneas de investigación que nos ayuden a comprender mejor las dinámicas históricas y contemporáneas de la desigualdad.

Piketty y la teoría neoclásica

En su extenso trabajo, Piketty documenta dos regularidades empíricas: a) el aumento de la porción de la renta percibida por el capital; y b) el aumento de la ratio de la riqueza (el stock en propiedad) sobre la renta (el flujo de ingresos). En teoría, a medida que el capital se acumula las inversiones más rentables se agotan y su rendimiento tiende a disminuir, de manera que la inversión debería ser menos retribuida. Así, el aumento de la riqueza debería verse compensado por una reducción de sus rendimientos, dejando la proporción del pastel que se percibe en forma de dividendos, beneficios, etc. más o menos estable. Esta hipótesis forma parte de un conjunto de regularidades empíricas identificadas por Kaldor en 1957 sobre los que se asientan los modelos de crecimiento de la economía neoclásica. Sin embargo, esta regularidad ya no se sostiene: la porción del PIB percibida por las rentas del trabajo está cayendo, y la percibida por las rentas del capital está aumentando.

Para explicar sus dos hallazgos usando la teoría neoclásica estándar, Piketty asume un presupuesto teórico controvertido: que el trabajo y el capital físico son factores de producción sustitutivos o, en jerga económica, que la elasticidad de sustitución entre trabajo y capital es mayor a uno. Cuando el trabajo y capital son sustitutos, incrementos en la intensidad del capital expulsan a los trabajadores y en general tienen un impacto negativo sobre las rentas totales del trabajo. Sin embargo, como muestra el capítulo 4, esta hipótesis puede ser errónea, porque existe abundante evidencia empírica de que trabajadores y capital a nivel agregado son complementarios, no sustitutivos. A pesar de esta evidencia, parte de la comunidad académica interpretó que el mensaje principal de C21 era sobre los riesgos de la sustitución de trabajadores por máquinas/robots, adoptando una visión puramente “tecnológica” del argumento de Piketty. La evidencia de que trabajo y capital son complementarios sugiere, más bien, que el reparto cada vez más desigual entre trabajo y capital no se explica fundamentalmente por el desplazamiento tecnológico del trabajo, sino sobre todo por factores institucionales.

Precisamente, uno de los principales aspectos de Debatiendo con Piketty es la lectura institucional y política de la obra del francés. Mientras que la teoría neoclásica ha asumido tradicionalmente que el tamaño del pastel y su repartición se determinan por procesos inconexos analizables de forma independiente, Debatiendo con Piketty subraya la lectura de C21 en clave de Economía Política clásica, para mostrar cómo las teorías de crecimiento económico están enlazadas con las teorías de la distribución factorial (entre capital y trabajo) y de la distribución personal de la renta y la riqueza (quién posee y quién recibe qué). Por ejemplo, el economista Branko Milanovic (capítulo 10) clarifica estadísticamente la relación entre la distribución factorial y la distribución personal. Así mismo, diversos capítulos resumen los avances teóricos que relacionan los niveles de desigualdad con los agregados macroeconómicos, como por ejemplo, la importancia de la riqueza hereditaria (capítulo 14), o el impacto de la desigualdad en la macroeconomía (capítulo 16) y en la estabilidad financiera (capítulo 17).

A pesar del énfasis en aspectos institucionales y políticos, Debatiendo con Piketty también explora los aspectos distributivos directos que tienen los procesos de digitalización y robotización, así como los efectos distributivos indirectos que estos procesos tienen a través de la globalización (capítulos 8 y 12). Aunque su impacto neto sobre el reparto de la renta entre capital y trabajo es discutido, es esperable que tengan un efecto sobre los tipos de empleo y la distribución de los salarios, así como sobre la estructura de los mercados, ya que las nuevas tecnologías se caracterizan por fuertes externalidades de red y nuevas economías de escala y alcance.

Pero, ¿qué demonios significa r>g?

Uno de los rasgos distintivos de la salida de la Gran Recesión es la recuperación de la tasa de beneficio acompañada de un estancamiento del crecimiento y del empleo en las economías avanzadas. Cuando ésto ocurre, aumenta la desigualdad. En C21, Piketty muestra que esta correlación positiva entre la diferencia entre el rendimiento del capital (“r”) y la tasa de crecimiento de la economía (“g”), y el aumento de la desigualdad es un hecho histórico estilizado. Esto se puede entender intuitivamente de la siguiente forma: si lo que crece la economía es una media entre lo que crecen los rendimientos del trabajo y lo que crecen los rendimientos del capital, cuando los últimos crecen más que la media, entonces los primeros (los salarios) crecen menos, lo que obviamente tiene un impacto distributivo.

Que el rendimiento medio de la inversión sea tan elevado a pesar de que el crecimiento económico no sea boyante puede ser una contradicción aparente. Sin embargo, la contradicción no es tal si los rendimientos del capital provienen de cambios en la valuación financiera del capital (bursátil) y no como retorno a la inversión productiva. Por ello, quizás lo más controvertido de la teoría de Piketty es la nula diferencia que establece entre riqueza, particularmente la financiera, y capital productivo. Ni toda la riqueza se puede usar en el proceso productivo, ni todo el capital tiene un valor bien definido y comercializable. Equiparar riqueza y capital lleva a no distinguir entre movimientos en la valuación de los activos financieros y los cambios en la capacidad productiva de la economía real. Más allá de algunas críticas sobre cómo se mide el capital esclavo (capítulo 6) o el capital humano (capítulo 7), esta crítica está poco elaborada en Debatiendo con Piketty.

En una investigación reciente, Brun y González (2017) explicamos cómo un aumento de la valuación financiera de las empresas, y a través de dividendos y ganancias de capital, del retorno a la propiedad de capital (“r”) provoca un estancamiento de la inversión productiva, y por tanto, del crecimiento de la economía (“g”). El poder de mercado (monopolio) de las empresas y las políticas fiscales favorables al capital, es decir, la disminución de los impuestos sobre los dividendos, sobre las ganancias de capital, y sobre los beneficios corporativos (en detrimento del trabajo) inflan la capitalización bursátil de las empresas respecto a su valor contable. Cuanto mayor es esta diferencia, mayor es el peso del sector financiero y más se resiente el sector real de la economía. Estos cambios tienen efectos sobre la distribución primaria de la renta altamente regresivos, ya que el aumento de los retornos al capital, muy concentrado en pocas manos, se produce a costa de los salarios, que son la principal fuente de ingreso para la mayoría de la población.

 El capítulo 9 ahonda en otra explicación institucional clave y, en nuestra humilde opinión, es una de las contribuciones más importantes del libro. En él, David Weil explica cómo cambios en la estructura corporativa afectan al trabajo y, en particular, cómo las grandes empresas han externalizado las partes del proceso productivo de menor valor añadido, construyendo así un “espacio laboral fisurado”, en el que personas que trabajan bajo un mismo techo responden a empleadores diferentes. Cuando ésto ocurre, la capacidad de sindicación y el poder de negociación de estos trabajadores quedan fuertemente debilitados. Sin embargo, otros aspectos relacionados con el poder de negociación de los trabajadores, como el aumento poder de monopsonio, la reducción de las tasas de sindicación, o los cambios en la legislación laboral reciben menos atención en el libro, aunque sobre estos temas existen importantes contribuciones recientes.

La economía política de r>g

Una parte importante de Debatiendo con Piketty aborda una aparente contradicción en el relato de C21, que oscila entre unas “dinámicas inexorables” del capitalismo que llevan a mayor desigualdad, frente al reclamo continuo de que “el nivel de desigualdad en una sociedad es una decisión política”. Mientras afirma de manera insistente a lo largo de C21 que el rol de técnicos y economistas es el de informar un debate que debe ser democrático, y por lo tanto, sujeto a opiniones y consensos diferentes, Piketty no acaba de esclarecer un rol comprensible y sistemático de las fuerzas políticas y sociales en las dinámicas de la desigualdad. Al fin y al cabo, la globalización, el aumento del grado de concentración empresarial, el dominio de las finanzas sobre la economía productiva o el modelo de relaciones laborales, que influyen en el tamaño relativo de “r” y “g”, son productos eminentemente políticos (capítulo 5).

Varios capítulos profundizan en esta cuestión. Gareth Jones (capítulo 12) explica cómo la geopolítica económica compite con la legislación (fiscal, de transparencia, etc.) –o más bien con su ausencia– para atraer el dinero de grandes inversores en un contexto de alta movilidad global de capital. Marshall Steinbaum (capítulo 18) alega que el consenso que permitió un pacto social entorno al Estado del Bienestar, con políticas de fuerte redistribución e impuestos marginales confiscatorios, no tuvo sólo causas materiales (la destrucción bélica), sino que también se debió a la conquista de la hegemonía cultural por parte de los partidos socialdemócratas. David Singh (capítulo 19) desgrana las raíces legales de la economía de mercado para preguntarse si no es inevitable la prevalencia del capital sobre el trabajo en sistemas jurídicos construidos filosóficamente a través de la propiedad privada.

Otras dimensiones de la desigualdad

Una parte del libro, algo discontinua, pone el foco en otras dimensiones de la desigualdad, más allá de la monetaria. Heather Boushey (capítulo 15) pone el foco en la desigualdad de género, y se pregunta si este retorno al “capitalismo patrimonialista” supone una nueva amenaza para los derechos y las libertades económicas de las mujeres, dado que la transmisión de la riqueza ha tenido históricamente un sesgo de género. Por otro lado, Christoph Lakner (capítulo 11) introduce el tema de la desigualdad global, la cual sigue dinámicas propias y divergentes de aquellas enfatizadas por el relato contemporáneo que a menudo hacemos en Occidente. También se analiza cómo los efectos del colonialismo persisten a través de la configuración histórica de las instituciones (capítulo 20).

Probablemente, lo que entraña un mayor riesgo para las sociedades democráticas es el hecho de que la desigualdad económica se traduzca en desigualdad política. Elisabeth Jacobs (capítulo 21) identifica múltiples mecanismos de transmisión de desigualdad económica en desigualdad política, y describe cómo se refuerzan mutuamente, de manera que una mayor desigualdad económica debilita los dispositivos políticos que al mismo tiempo permiten atenuarla. Este relato contrasta con el optimismo político de Piketty pero completa su advertencia sobre la grave amenaza que supone la desigualdad para el funcionamiento de la democracia.

Algunas consideraciones críticas

Echamos de menos un hilo argumental lógico que acompañe al lector a lo largo del libro, mediante una estructura definida de enmiendas, sofisticación de diagnósticos e identificación de nuevas líneas de investigación a partir de las tesis de Piketty. Hay desde capítulos muy técnicos (tanto teóricos como empíricos) hasta capítulos narrativos sin cifra alguna. Algunos capítulos abordan de frente el gran relato que Piketty dibuja, desde varias disciplinas, mientras otros tratan cuestiones técnicas y parecen más dirigidos a economistas preocupados por la desigualdad. Otros tratan temáticas autónomas. Quizás estos múltiples enfoques hubiesen sido más fáciles de compatibilizar con una clarificación del perfil de audiencia a la que Debatiendo con Piketty va dirigido.

Por otro lado, estamos convencidos de que la pluralidad política e ideológica que destilan los diferentes capítulos, que abarcan desde teorías neoclásicas como la del capital humano hasta teorías de corte institucionalista y otras teorías heterodoxas, es intencional y dota al libro de una riqueza teórica sorprendente. Quizá, dada la falta de uniformidad epistemológica en las distintas aportaciones, hubiese merecido la pena poner más en diálogo las diferentes partes del libro y abordar sus discrepancias de manera transparente, en vez de presentarlas de manera inconexa. En cualquier caso, en las distintas presentaciones del libro los editores han sido explícitos en su intención de amplificar el debate público sobre la desigualdad y hacerlo de forma inclusiva, desde varias posiciones políticas y desde múltiples disciplinas. Este propósito está en sintonía con el objetivo del propio Piketty, el cual responde a varias de estas interpelaciones en el último capítulo del libro.

Frente a una reacción inicial adversa de la profesión económica, que osciló entre la  condescendencia y la hostilidad, es de agradecer que se cambie el tono de la conversación y se tomen en serio los hallazgos de Piketty. Esto es lo que consiguen con este libro Boushey, DeLong y Steinbaum, cuyo esfuerzo por reunir a una gran cantidad y diversidad de investigadores y trabajos, señala el camino a seguir, tanto a nivel de investigación como a nivel de propuesta política. Debatiendo con Piketty es un libro importante y que apunta en la dirección correcta.

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