DIÁLOGO Y/O NEGOCIACIÓN

MIQUEL ROCA I JUNYENT

La Vanguardia

 

 

Ante el anuncio del inicio de una mesa de diálogo entre el Gobierno central y el de la Generalitat, por la parte catalana se ha querido destacar que, de hecho, se trata de una negociación. El matiz parece bastante irrelevante; no hay negociación sin diálogo. Es más, seguramente la parte más importante de una negociación es aquella que empieza por un diálogo que no tiene otra finalidad que la de que los negociadores se conozcan, se entiendan, se respeten. Todo esto, sin prisas ni pretensiones que se alejen de lo que unos y otros pueden inicialmente aceptar.

También se ha dicho, por la parte catalana, que será un proceso largo. Es un buen reconocimiento que no debería olvidarse. Un diálogo del que se piden resultados rápidos es una forma de asegurar el fracaso.

Hacen falta liderazgos fuertes, muy seguros y convencidos de la solidez de lo que representan

De entrada, deberá aprenderse a valorar el hecho mismo del diálogo. Cuando se plantea resolver desde la política los problemas políticos, se sabe que esto pide tiempo. Que inicialmente serán los gestos, las actitudes, el tono, lo que será más importante que las próximas decisiones. El simple hecho de escuchar y ser escuchado puede empezar a abrir las puertas de las soluciones. Pero esto pide tiempo, pausa, reflexión. La prisa no es una buena compañía de viaje en procesos de esta naturaleza.

Y también es fundamental la predisposición con la que van los que se sientan a la mesa de diálogo. Si se quiere que se fracase, es fácil de conseguir. Si se quiere que la mesa sea positiva, esto requerirá más esfuerzo. Para constatar las diferencias casi no vale la pena empezar. Si de lo que se trata es de hacer un memorial de agravios, solo hace falta que se lo hagan llegar mutuamente; porque cada uno tiene el suyo. Es necesario explicar y entender que la explicación a veces no convence; a veces no se quiere entender, pero también a veces la incomprensión tiene largas raíces en historias y visiones muy diferentes. Las diferencias son la base de una sociedad libre; aceptarlas y hacerlas posibles es la prueba más exigente de una democracia de calidad.

Dialogar como vía que conduce a la negociación. Para llegar a acuerdos, a transacciones, a compromisos, a renuncias. Esto quiere decir liderazgos fuertes, muy seguros y convencidos de la solidez de lo que representan. Sin miedo a las críticas; que las habrá. Sin confundir la propia ambición con la de la colectividad que se pretende representar. Aceptando los pequeños pasos que fortalecen tu proyecto, aunque esto aleje inmediateces más emocionantes. Se trata de avanzar, no de arriesgar el abismo de la incertidumbre.

Muchas cosas de que hablar. Muchas situaciones por resolver. Paso a paso. Que el diálogo ayude a la distensión, a definir un marco de relaciones que impulse la recuperación económica, social, cultural. Que el autogobierno se refuerce en beneficio de todos; que unos y otros hagan del acuerdo una herramienta habitual de la acción política. Que nadie sea esclavo de la grandilocuencia inútil, hecha más de visceralidad que de razonabilidad. Esto da, a veces, réditos electorales, pero siempre es el prólogo de grandes desastres colectivos.

No será fácil, pero, honestamente, todos deberían contribuir a que el resultado marcase una etapa nueva en la que la concordia pudiera manifestarse liberándose de la ­carga sesgada de la confrontación. La mesa de diálogo es una oportunidad. Históricamente, los presidentes de la Generalitat Francesc Macià y Josep Tarradellas lo entendieron así. Y fueron criticados –y muy duramente– por hacerlo, pero hoy su recuerdo está vivo, y a los críticos nadie quiere tenerlos presentes.

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