O SEGUNDA TRANSICIÓN O NADA

FRANCESC-MARC ÁLVARO

 

 

 

Leo y escucho estos días a mucha gente pronosticando que el gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos no va a durar. Unos lo dicen porque desean que así sea y otros porque temen que la nave no resista, a la vista de los embates de cierta prensa de Madrid y de las tres derechas en el teatro parlamentario. Incluso muchos votantes de los partidos que conforman el nuevo bloque gubernamental creen que ­todo esto es una ilusión efímera, que saltará en pedazos a la primera de cambio. La crispación hiperbólica de las derechas no es ­algo nuevo, los que tenemos cierta edad recordamos otras etapas en las que el PP, ­sobre todo con Aznar, se dedicó a la política de la cerilla. Lo nuevo es el tipo de gobierno que la derecha trata de derribar y el con­texto, marcado por la crisis catalana, la ­pérdida de credibilidad de varias instituciones, la desaparición de ETA y el auge de la ultraderecha, que por primera vez desde 1977 cuenta con escaños en el Congreso de los Diputados.

Soy optimista: he apostado con varios amigos que el gabinete Sánchez-Iglesias completará la legislatura. ¿Por qué pienso que estamos ante un nuevo ejecutivo que gozará de más estabilidad y solidez de lo que pretenden sus adversarios? En primer lugar, porque Sánchez e Iglesias son conscientes de que gestionan un capital de expectativas tan sensible que el fracaso de su proyecto se llevaría por delante a sus respectivas organizaciones, además de a ellos mismos. Y, en segundo lugar, porque la amenaza de una refundación reaccionaria y excluyente de la democracia española –de corte iliberal– convierte al PSOE y a Unidas Podemos en los instrumentos básicos de defensa de un sistema de derechos y libertades que conecta con la mejor cara de la transición, que también tuvo sus zonas oscuras y sus áreas radioactivas. El reto trasciende los legítimos intereses partidistas.

Hay que poner en limpio, con hechos y no con buenas intenciones, “otra forma de hacer España”

Así las cosas, llego a una modesta conclusión: si el Gobierno de Sánchez no se plantea como el impulsor de una segunda tran­sición, no podrá resistir. Es decir, si este Ejecutivo se limita a proponer algunas políticas progresistas mientras trata de contener los golpes de la derecha con buena cara, esto no durará. O la etapa que inauguramos es una verdadera segunda transición o el tándem Sánchez-Iglesias perderá la batalla del relato. ¿A qué denomino yo una segunda transición? A lo que durante tantos años ha sido la asignatura pendiente del PSOE, esto es, un proyecto alternativo al marco he­gemónico de la derecha y no únicamente en lo terri­torial-nacional, aunque sin esta parte las demás no encajarán ni funcionarán.

Gobierno, relato y proyecto. Las derechas tienen relato y proyecto, al dictado de Vox, que es el partido que adapta y emite de forma más cruda las recetas de la FAES. ¿Qué consensos básicos están en el centro de la alianza de PSOE, Unidas Podemos, PNV, ERC y el resto de partidos que han hecho posible la investidura de Sánchez? Estos mimbres son el punto de partida de algo que debe ser más que un programa de gobierno. Sería poner en limpio, con hechos y no con buenas intenciones, eso que hace unos años se podía haber llamado “otra forma de hacer España”. ¿Demasiado ingenuo para un país que hizo su primera transición bajo la vigilancia de los militares y sumando debilidades? Me parece mucho más ingenuo pensar que puedes sobrevivir gobernando cuatro años a la defensiva y sin haber conseguido trasladar una propuesta nueva a la ciudadanía.

La segunda transición sólo podrá desarrollarse si se encauza seriamente la solución del conflicto catalán, y la crisis catalana dejará de serlo solamente si aparece un proyecto de España que no esté secuestrado por el marco ideológico de las derechas. La premisa es clara, aunque los socialistas no lo dirán en voz alta: el autonomismo del café para todos es una receta inservible para dar respuesta a eso que no tiene nada que ver con la descentralización y que llamamos reconocimiento. La mesa de diálogo sobre Catalunya debería asumir esta evidencia como eje de cualquier diagnóstico inicial, para evitar que el debate clásico sobre competencias y recursos oculte y desfigure de lo que estamos hablando cuando el elefante de un referéndum de autodeterminación está en el centro de la habitación. En términos técnicos, lo que deshará el nudo será romper el tabú. Si eso no ocurre, Casado, Abascal y Arrimadas ganarán la partida. La paradoja es que todo esto debe pasar por las manos de Sánchez, un hombre que ha cambiado de opinión como quien cambia de corbata, tanto que desconocemos si tiene convicción alguna al respecto. Quizás lo que aparece como un gran problema sea, finalmente, una ventaja. Veremos.

Las imágenes recientes del Congreso evocan estampas de otras épocas, como han escrito algunos colegas. Ante una oposición dispuesta a inundarnos con tone­ladas de mentiras, tretas judiciales y amenazas no queda más remedio que tomar el camino de la cirugía y olvidarse de la cosmética, que sería el consejo de los mismos que soñaban con un gobierno de PSOE y Cs. Sin bisturí no habrá gobernabilidad ni segunda transición. Ni nada.

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