POPULISMO Y/O POPULACHERISMO

ALFONSO MORÓN MERCHANTE

 

 

La campaña electoral de Madrid que ha terminado (por fin…) ha dejado a las claras los derroteros por los que discurre actualmente nuestra política, tal como evocábamos en el reciente relato sobre el Viaje a Marte.

La mercadotecnia política ha decretado la obsolescencia de la confrontación de programas, el contraste de ideas y las propuestas de reformas. Los mensajes ya no se dirigen al cerebro sino a las tripas.

Fieles a este nuevo paradigma, los principales actores han recurrido a la fórmula que ha traído de nuevo a este país el reciente movimiento de nuestros “angry young men” (jóvenes airados) y que se ha extendido como mancha de aceite por todo el espectro político. Todos, con muy escasas excepciones, han seguido fielmente las reglas o mandamientos del catecismo populista.

La primera regla del populismo es bien conocida. Empleando la terminología de José Luis Pardo en su ensayo (Estudios del malestar): “si quieres hacer política populista, alíñate un buen enemigo”.  No es necesario que sea un antagonista real y que tenga unas características definidas. Al contrario, es preferible algo inventado y fabricado con elementos simples que permitan apelar a los sentimientos más básicos: miedo, rechazo, esperanza… (vid. al respecto el muy interesante discurso en 2018 en la Escuela socialista Jaime Vera del nigromante Iván Redondo, tan ensalzado … al menos hasta ahora).

Por parte de la derecha (¿centro derecha?) la elección del “enemigo” para esta campaña era fácil porque lo venía construyendo desde hace tiempo: el temor a un presunto social-comunismo con tintes bolivarianos y aliados ultranacionalistas que amenaza con acabar con la unidad de la Patria, las Libertades (escríbase con mayúscula, por favor) y, lo más importante, con el bienestar económico a través de la incautación, por vía de impuestos, de bienes, herencias, patrimonios y ahorros.

Desde la otra banda (sin mayúscula esta vez) era necesario construir y traer a escena un Golem que estuviera a la altura. La conclusión de su “laboratorio de ideas” fue publicitar que en esta votación estaba en riesgo la misma Democracia y, órdago a la grande, que había que parar los pies a un Fascismo rampante que empezaba a asomar de nuevo sus fauces detrás de los cerros de la Casa de Campo.

Poco importa que esta batalla entre conceptos políticos fuera totalmente ajena a las preocupaciones y los intereses del electorado. Una vez que los gurús eligieron el leitmotiv todo el mecanismo se puso en marcha. Los Spin Doctors señalaron la ruta a seguir e indicaron los cambios de rumbo que aconsejaban los trackings y los Community Managers se ocuparon de difundirlo y jalearlo.

¿Hay alguna encuesta del CIS que haya preguntado a los ciudadanos el puesto que ocupa en sus preocupaciones la batalla entre Comunismo y Fascismo? No la conozco. Todos sabemos, en cambio, el puesto que ocupan los políticos y sus partidos en el ranking de las preocupaciones así como la magra valoración que merecen nuestros líderes.

¿Qué importa? Era la hora de cumplir el segundo mandamiento del Catón populista: “no dejes que la verdad o la realidad estropee tu pensamiento que debe aspirar a ser hegemónico”.  Por tanto: prietas las filas. El que no siga el estandarte es un traidor. Y, una vez metidos en faena, pongamos toda la carne en el asador.

Unos arrancaron evocando desde la tribuna del Congreso, entre grandes aplausos y sin ningún tipo de matices (pobre Ángel Viñas), el “vínculo luminoso con nuestro mejor pasado” que supuso la II República. Continuaron enrolando al candidato Gabilondo en la columna Durruti: “no es sólo Madrid, es la Democracia” (un candidato que ha acabado por cierto como Buenaventura, tiroteado por la espalda por sus propios compañeros). Se vistió de Pasionaria a Adriana Lastra para entonar el “no pasarán”.  Y acabaron organizando una procesión que paseó a la ministra Maroto transfigurada en Dolorosa de los Siete Puñales anunciando que “todos los demócratas estamos amenazados de muerte si no frenamos a Vox…”

Para completar esta dialéctica política henchida de profundidad, finura y elegancia, se dejó en manos de los socios de coalición el trabajo más radical y aparecieron por doquier balas, navajas, amenazas, tremendismo y presagios apocalípticos. Solo les faltó, como traca final, la exigencia de que, en el caso de que ganara el fascismo, se debían distribuir armas entre el pueblo. No descarto, por desgracia, que esta brillante propuesta aparezca en escena más pronto que tarde. En cualquier caso, con la ayuda de estos compañeros se cumplía la tercera regla fundacional del populismo: “si quieres hacer política, rodéate de muchos amigos”.

Desde la otra banda (también sin mayúscula, por favor) se aceptaba la apuesta y se doblaba el envite. Como Madrid es España (¿toda España?) se empezaba por designar como único contrincante al Presidente del Gobierno ya que él era el responsable de todo. El verdadero enemigo. Debe recordarse que Sánchez aceptó el reto para este combate cuerpo a cuerpo y protagonizó la campaña en sus primeros días hasta que algún avisado cortesano le aconsejó que hiciera mutis por el foro. La argumentación fue, desde esta parte, tan refinada como la de los contrarios: estaba en riesgo la Libertad (con mayúscula, por favor), la propiedad privada, el derecho a la educación, la libertad religiosa, la seguridad ciudadana … Solo faltó llenar las farolas de la Castellana de retratos de Kim-Jong-un para advertir a los madrileños del futuro que les esperaba si no les daban la victoria.

De manera paralela a lo que hicieron sus adversarios, dejaron el trazo grueso y la dialéctica más refinada a sus socios y compañeros de viaje. Aparecieron hordas de inmigrantes y de menores no acompañados que nos recordaban la invasión de Tarik en 711. Ahorraron gastos en publicidad a las empresas de seguridad privada augurando crímenes, violaciones, robos y okupaciones sin cuento. Resonaron de nuevo las llamadas a la Cruzada patriótica. Afortunadamente no se oyó en la calle Génova la noche del triunfo el “ya hemos pasao” de Celia Gámez. Menos mal.

Era también inevitable, como se profetizaba en el anterior artículo, que se recurriera a los métodos de la telebasura. Menudearon los enfrentamientos bronquistas, las salidas de tono, los insultos, los abandonos de los debates, los falsos rumores, las acusaciones, las amenazas de denuncias en los Tribunales y toda la parafernalia habitual de estos “elegantes” programas. La novedad es que incluso se incorporó en los mítines a algunas estrellas de esta televisión con la (vana) esperanza de que aportaran votos de sus seguidores.

Y llegó la noche de Autos.

Y en una casa fue el llanto y el crujir de dientes. El duelo fue más profundo porque, al parecer, confiaban ciegamente en los pronósticos de cierto Papá Noel de blanca barba que les había prometido que iban a recibir todos los regalos que pidieron en sus cartas de Navidad. Vae victis.

Y en la otra se las prometieron felices y se apresuraron a comer unas perdices que están lejos de tener en el morral ya que todavía no las han cazado en los demás cotos del país. Recordaron el Audentes Fortuna Iuvat pero la realidad es que tendrán que mejorar mucho su práctica y su discurso para que sus deseos se hagan realidad.

No es la intención de esta modesta crónica analizar las causas del resultado electoral. Por impericia del autor para hacerlo y, permítanme la broma, porque creo que se puede aplicar a este caso la respuesta que dio Zou Enlai cuando le preguntaron en 1972 por su opinión sobre la Revolución francesa: “todavía es demasiado pronto para valorarla”.

Concluiré, no obstante, con un pequeño comentario sobre las reacciones de unos y otros después del voto del 4-M. Ya he subrayado que los vencedores se han apresurado, con gran exceso de optimismo, a vender pieles de osos que no han cazado todavía. Ellos sabrán…

Me extenderé algo más sobre los perdedores. Eran previsibles las excusas de mal perdedor porque el reconocimiento pacífico de la victoria ajena no es algo que haya entrado todavía en nuestras costumbres políticas. Pero me ha parecido indigno e inaceptable el tono de ciertas valoraciones que han ido de lo ridículo a lo directamente nauseabundo. Desde el “no estamos acostumbrados a hablar de cervezas y berberechos” de la Vicepresidenta Primera, pasando por la afirmación de que “los votantes se han equivocado” hasta llegar al menosprecio y el insulto de cierto patricio podemita que ha calificado de “gilipollas” a los mileuristas que votaron al PP. Mientras escribo estas líneas escucho a un Barón socialista levantino vanagloriarse de que en su región “nadie ha discutido si vale más una vida o una cerveza.”

Se recurrió en la campaña al populismo y, una vez encajada la derrota, se ha acusado de la misma al “populacherismo”. En fin … No vendría mal que alguien recordara el proverbio inglés: “manners before morals”. Que hagan uso uso de elegancia y fair play es mucho pedir pero hay momentos en que serían de agradecer un poco de hipocresía y algo más de lamerse las heridas en privado.

No creo, por otra parte, que insultar a los votantes sea el mejor camino para recuperar sus votos. Mejor harían en seguir a Iñigo Errejón cuando ha censurado los insultos al pueblo, ha reconocido que “cuando el adversario te gana es que ha entendido algo del ánimo social” y ha concluido que “hay que persuadir más y regañar menos”.   

Omito con gusto, por último, cualquier comentario sobre la decisión de designar como chivos expiatorios al protagonista de la torpe campaña electoral (aunque no haya sido, ni de lejos, el responsable de los mayores dislates) y al líder en Madrid del partido vapuleado. Se trata de lo que los franceses denominan “hacer saltar los fusibles para que el cortocircuito no alcance al centro de la instalación eléctrica”. Una práctica que raramente da, a término, buenos resultados. De la inmediata purga de un par de antiguos próceres socialistas a quienes se imputa el pecado nefando de pensar por sí mismos y de manera diferente… mejor ni hablar.

Estoy seguro de que cuando hable quien está tardando en hacerlo, huirá de toda autocrítica y entonará el habitual “nos estamos dejando la piel, estamos gobernando con excelencia, el único problema es que lo comunicamos mal …”

La gente de cierta edad ya tenemos bastante memoria democrática. Memoria personal, me refiero, de todo lo que ha venido acaeciendo en nuestra democracia desde que votamos por primera vez en 1977. Y hemos aprendido en este tiempo que cuando un partido político se niega a hacer autocrítica reconociendo los errores propios y se limita a echar toda la culpa al mensajero … es que ha comenzado un inevitable proceso de decadencia de su proyecto político. Vale.   

 

CODA O ESTRAMBOTE

“El político ideal debe reunir tres virtudes: convicciones para orientarse, responsabilidad para hacerse cargo de sus decisiones y mesura o buen juicio para calibrar cada situación.

Lo contrapuesto son los demagogos que carecen de convicciones, de responsabilidad y de mesura. Detrás de sus formas ostentosas está la perfecta vacuidad de quien carece de proyectos más grandes que su propia carrera. Su castigo es que llevan consigo la maldición de la inanidad.”

                                                               El político y el científico. Max Weber. 1919.

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