REALPOLITIK: NUEVAS CARTAS MARRUECAS

ALFONSO MORÓN MERCHANTE

 

España limita al sur con Marruecos y al norte con Cataluña y el País Vasco. Tres problemas difíciles de resolver. De uno de ellos nos separa un brazo de mar y de los otros el rio Ebro. Empecemos hoy por el primero.

Marruecos, un país vecino y (presuntamente) amigo, que se siente en estos momentos fuertemente secundado por EE.UU. y ha olfateado una vez más nuestra debilidad, nos ha lanzado un desafío. Si seguimos apoyando el derecho a la libre determinación del Sáhara Occidental, llenará nuestras costas de inmigrantes irregulares. Ya lleva tiempo haciéndolo. Y ha aumentado la apuesta: nos ha advertido que son capaces de enviar sendas “marchas verdes” sobre nuestras dos plazas de soberanía del norte de África. A ver si tenemos huevos de repelerlos a tiros. Podemos acabar, por otro lado, alojando y alimentando a todos los menores no acompañados que lleguen aquí y cuyos padres no puedan o simplemente no quieran hacerse cargo de ellos (véase la respuesta de la mayoría de las familias de los menores pasados a Ceuta rehusando aceptar su devolución).

Se ha hecho de nuevo presente en nuestro inconsciente colectivo (guerras de África, tropas moras en nuestra guerra civil, Guardia Mora del Caudillo) la imagen del moro ladino, astuto, traicionero, nada de fiar. Sus maneras, utilizando a su pueblo y a sus menores como carne de cañón, son inadmisibles y despreciables. Son la prueba de una autocracia cruel que -seamos conscientes de ello- no dudará en seguir manipulando a su pueblo. Y que -también debemos ser conscientes- es totalmente inmune al posible deterioro de su imagen internacional, al menos mientras siga contando con el apoyo americano.

Ya nos hemos desahogado. Quejarse no sirve para gran cosa. Ahora hagámonos unas preguntas:

 ¿Qué pensaríamos nosotros si el Gobierno de un país vecino y (presuntamente) amigo apoyara abierta y repetidamente (por boca de uno de sus Vicepresidentes y sin que el Presidente le haya corregido, al menos, de manera pública) el derecho de autodeterminación de Cataluña y exigiera la celebración de un referéndum de independencia? Un referéndum, además, en el que sólo podrían votar los ciudadanos “con ocho apellidos saharauis”. Nada de charnegos o maketos marroquíes recién llegados.

¿Qué pensaríamos de un país vecino que apoyara a un Frente de Liberación de Cataluña que exija la secesión de una parte del territorio que consideramos -à tort ou à raison- como propio? Un Frente de liberación que, atención, ha llegado hace poco a declararnos abiertamente la guerra (una “guerra de Gila”, sí, pero una guerra).

¿Qué pensaríamos si ese mismo país acogiera a escondidas -por razones humanitarias, sí, pero a hurtadillas- al líder de ese Frente de Liberación que nosotros consideramos el enemigo público número 1? Los españoles de cierta edad seguimos teniendo muy presente el “santuario” que supuso Francia para ETA durante los peores años de plomo. Y a muchos nos han indignado más recientemente las excusas de la Justicia belga para no extraditar a España a cierto líder independentista.

Por otra parte, ¿es inteligente que España defienda en esta hora un referéndum de autodeterminación para un territorio que algunos de sus habitantes consideran “invadido” por una potencia ocupante? ¿Les suena? Es cierto que las diferencias con la “cuestión catalana” son enormes, histórica y políticamente, pero también resulta fácil encontrar algunas similitudes. De hecho, la solución que propone Marruecos (sin valorar su sinceridad) es similar: una amplia autonomía en el marco de un Reino diverso y plural, pero único.

Y me pregunto: ¿no ha llegado la hora de pensar que seguir exigiendo obstinadamente el cumplimiento de la legalidad internacional (Resoluciones de la ONU para el Sahara occidental) es un camino que no conduce a ninguna parte? Y, sobre todo, ¿no es hora de reconocer que un Estado saharaui independiente es absolutamente inviable? Y no porque Marruecos lo piense. Probablemente, a pesar de lo que piensa.

Hablamos de 75.000 habitantes que salieron en 1976 de un territorio con una extensión de la mitad de España con inmensos recursos naturales. Hasta ahora acogidos, controlados y seguramente manipulados por Argelia para incordiar a su vecino. Y que, si llegaran a quedarse como únicos dueños de ese inmenso territorio, tienen el enorme riesgo de caer en manos de un fundamentalismo islámico que señorea grandes zonas del Sahel y convertirse en un grave foco de inestabilidad en la Región.

Y debe tenerse presente -permítanme el paralelismo sin ánimo de insultar- que el adversario de esa independencia es un Marruecos que actúa de gendarme y de eficaz freno a los yihadistas en esa zona. Puede ser considerado por muchos como un hijo de puta pero es evidente (recuerden la frase de Roosevelt sobre Somoza) que para EE.UU. y para muchos otros, es “nuestro” hijo de puta.

Esto quiere ser, por tanto, una modesta llamada a la Realpolitik. Es cierto que la causa saharaui está llena de romanticismo. Una de esas causas perdidas que tanto gustan a progres, populistas y poetas mediocres. Es cierto que hace casi 50 años abandonamos a su suerte a un territorio que Marruecos se apresuró a hacer suyo. Es cierto también que la ONU sigue considerando a España, con carácter meramente formal, como la potencia administradora de ese territorio.  Pero hoy, desgraciadamente, es una piedra en el zapato.

¿No ha llegado la hora de hacer una llamada al realismo? No se trata solamente de anteponer los intereses a los ideales. Se trata de hacer una llamada a la tozuda realidad de los hechos. De reconocer que es aplicable a este caso la máxima orteguiana: los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía.

Hay quien pueda pensar que conviene seguir practicando la vieja costumbre de dar apoyo a quienes puedan desestabilizar y crear tensión a un vecino incómodo conforme a la regla conocida: el enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo. La realidad es, no obstante, que quienes estamos más expuestos a la desestabilización y la tensión, en muchos órdenes, somos nosotros.

Hay quien confiaba en que Biden -nuestro Biden …- daría marcha atrás en la decisión trumpiana de última hora reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Ha pasado suficiente tiempo para comprobar que era una esperanza vana.

Hay quien dirá que actuar así se consideraría una rendición ante el chantaje marroquí y sería interpretado como una muestra de debilidad. Creo que, al contrario, sería una llamada a la realidad y que, en las circunstancias actuales, sería más bien un ejercicio de generosidad con nuestros antiguos compatriotas.

Hay quien argumentará, con toda razón, que un cambio de política en esta materia nos puede indisponer gravemente con Argelia y poner en peligro el vital abastecimiento de gas que nos llega de ese país. Y es ésta una razón de peso. Pero no suficiente, en mi opinión, si se hacen las cosas con claridad y con inteligencia.

Ha llegado la hora de diseñar y luego liderar una política que permita, con el apoyo de una mayoría de la Comunidad internacional, que el pueblo saharaui alcance a término el mayor grado de autonomía política y el mayor grado de respeto a los derechos humanos para esa zona. Es hora de dejar de darnos obstinadamente cabezazos contra una pared que no se va a poder derribar. No se trata en absoluto de abandonar a nadie a su suerte ni mucho menos de reproducir la actuación unilateral de EE.UU., sino de contribuir a que los saharauis abandonen sus ensoñaciones quiméricas (¿les suena?), servirles como el más firme aliado y darles todo el apoyo a la hora de negociar su futuro. Un futuro posible, razonado y razonable.

Nos hace falta un Gobierno que diga un rotundo no a los referéndums de autodeterminación. En el Sahara y en Cataluña. Que negocie unas condiciones generosas, estables y definitivas de autonomía en los tres casos. Con gran amplitud de miras pero sin aceptar ningún tipo de chantaje.

Y que cierre de manera definitiva y para varias generaciones el diseño de un modelo territorial y de convivencia pacífica.

Un Gobierno que debe abordar esta tarea poco a poco, con paciencia, sin cambiar súbitamente de caballo en mitad de la corriente. Que debe pactar esta política, ante todo, con los otros partidos mayoritarios de nuestro país, para empezar a trabajar seriamente en ese cambio de rumbo. Que debe hacerlo, en suma, con inteligencia, mesura, tacto, elegancia y diplomacia. Todas las virtudes, ay, de las que adolece el actual.

Para esta tarea hace falta un Gobierno fuerte y, sobre todo, unos políticos que no tengan como único y exclusivo objetivo alcanzar el poder con la mayor rapidez posible para luego conservarlo a cualquier precio. Y esa clase de  políticos, ni los hay en estos días, ni se les espera...

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