VIAJE A MARTE. PRIMERA ETAPA. UN PEU D´HISTOIRE como las Guías Michelin.

ALFONSO MORÓN MERCHANTE

 

En 1965 Gonzalo Fernández de la Mora, un ministro franquista muy conservador -perdón por el pleonasmo- publicó un libro cuyo título explicaba perfectamente la tesis que defendía: El crepúsculo de las ideologías. Los (escasos) intelectuales antifranquistas de la época lo despreciaron señalando que el apellido del autor empezaba por una F de facha. Tenían entonces toda la razón pero ¿les suena esta manera de descalificar al adversario?

Treinta años después, en 1992, un politólogo estadounidense de nombre oriental, Francis Fukuyama, publicó un libro (The End of History and the Last Man) que levantó una gran polémica. Su tesis era similar: la Historia concebida como lucha entre ideologías había llegado a su final con el triunfo definitivo del capitalismo y la democracia (no el mismo tipo de democracia que propugnaba el autor supra) y la derrota del marxismo y la URSS.

Unas décadas antes el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, nacido polaco y acogido -como tantos otros sabios influyentes- en las Universidades inglesas, había creado el fascinante concepto de “modernidad líquida” o “sociedad líquida” para definir el momento histórico actual. Un tiempo en que las “realidades sólidas” de épocas anteriores han desaparecido y nos enfrentamos a un mundo precario, provisional, con escasas certezas, ansioso de novedades y con principios evanescentes. Un mundo, en suma, casi más gaseoso que líquido.

En el año 2006 una conocida marca alemana de automóviles, a saber, BMW, “resucitó” al actor Bruce Lee con un magnífico anuncio: Be water my friend. Todos recordamos sus frases de un cierto sabor oriental: “vacía tu mente … libérate de las formas … como el agua … pon agua en una botella y será la botella … pon agua en una tetera y será la tetera … el agua puede fluir … o puede golpear … sé agua, amigo mío”.

Pues bien, la interpretación de la inteligente teoría de la sociedad líquida que han hecho los políticos españoles de la actualidad se parece más a Bruce Lee que a Bauman. Los políticos españoles, todos lo sabemos, dedican más tiempo a ver series de televisión que a leer libros o ensayos. Aunque en cierta medida siguen los pasos de Fernández de la Mora o de Fukuyama.

Los rasgos esenciales de la política española de nuestros días lo confirman. No hay Ideología. No hay Principios. No hay Historia. Se han sustituido por algo llamado “el relato”. Las ideas políticas son como el agua que escapa entre nuestros dedos. O como el gel hidroalcohólico con el que tanto nos lavamos en estos días. Se evapora en un instante. No importa nada lo que se hace. Lo único importante es la forma en que se publicita.

Las reglas son pocas. La primera: acomódate en todo momento a lo que señalen las encuestas. La segunda: actúa con el único Norte de la conquista (o la conservación) del Poder. Lo que vale un día (no dormiría ni yo ni la mayoría de los españoles…) se convierte a las 24 horas en algo totalmente opuesto (gran abrazo con palmada…). Tanto da como te justificas: haz de la necesidad, virtud. Be water, my friend …

No está del todo claro que la gente sea estúpida pero lo que es evidente es que tiene (tenemos) memoria de pez. Ya lo anticipó Voltaire hace más de dos siglos: “la política es el camino para que los hombres sin principios dirijan a los hombres sin memoria”.

Descarguemos por un momento la tensión. Fukuyama estaba completamente equivocado: el marxismo ha triunfado. Pero no el de la lucha de clases y la dictadura del proletariado. Ha resultado vencedor aquel de “éstos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”.

Ay de aquellos tiempos en que al menos algunos políticos se sentían estadistas y pensaban más en las próximas generaciones que en las próximas elecciones.

Ay de aquellos políticos que eran dueños de una idea propia del progreso y del bien común y que, aunque fuera seguida al inicio de forma muy minoritaria, la explicaban y defendían ante el pueblo (ahora se dice la gente) y, a veces, acababan incluso ganando las elecciones.

Ay de los tiempos en que Max Weber reflexionaba sobre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

¿Convicciones? ¿Responsabilidad? ¿Ética? Antiguallas.

El libro para Nicómaco yace, polvoriento y olvidado, en la misma estantería que el escrito para Amador y justo al lado del (desaparecido) Segundo libro de la Poética (no acudáis a Wikipedia: el del Nombre de la Rosa).

Reinan en nuestros días, entre otros, el jurista protonazi Carl Schmitt, sorprendentemente rescatado por algunos, o un filósofo argentino de raigambre populista que está teniendo un seguimiento no menos sorprendente, Ernesto Laclau.  Que Dios nos ampare.

Utilitzem cookies pròpies i de tercers per millorar l'experiència de navegació.
En continuar amb la navegació entenem que acceptes la nostra política de cookies.