Y 3. FRANCIA, ALEMANIA, ITALIA, ESPAÑA….

El caso francés es particularmente elocuente. El partido de Jean-Marie Le Pen nació como fuerza electoral en las elecciones municipales de 1983 a partir de la conjunción de varios elementos: la crisis (¡ya entonces!) del empleo, el desmantelamiento de la industria del automóvil (por el traslado de las plantas de producción al extranjero), el paro de los inmigrantes que trabajaban masivamente en estas industrias (Renault y Citroën). Ellos fueron ,dicho de paso, los primeros en pagar la ruptura del pacto social. Y a esto se añade la existencia de una mirada poscolonial conflictiva sobre ellos, por ser a menudo magrebíes. Por otro lado, la construcción europea fue presentada como un peligro que minaría la identidad nacional y banalizaría la grandeza de la nación en una Europa vulgarmente mercantil.

Con estos ingredientes prosperó la retórica neofascista francesa, que ha sido perfeccionada y depurada de su racismo más grosero por Marine Le Pen, hija del fundador. El Frente Nacional se ha convertido así en el primer partido obrero de Francia, y se acerca cada vez más al poder político y, sobre todo, ¡menuda victoria!, sirve de referente a toda la extrema derecha europea.

La misma topografía cabe aplicar a Alemania con: el choque de la crisis del euro, atribuida a la prodigalidad de los países europeos del sur; la crisis larvaria de integración de los alemanes del Este; el aumento de la pobreza (más de 10 millones ocultos en la próspera Alemania); y la llegada de los refugiados. Estos son los componentes inflamables que Alternativa para Alemania (AfD) utilizó sin escrúpulos, cargando primero contra Europa, y ahora haciendo hincapié en el rechazo a los inmigrantes en general y a los musulmanes en particular.

En Italia, la confluencia de los efectos negativos de la política de austeridad con las cifras de desempleo, la llegada masiva de refugiados y la desagregación del sistema de partidos (que se remonta a la irrupción de Berlusconi en el campo político en los años noventa) provoca el auge populista de Movimiento 5 Estrellas. Y acaba desembocando en la victoria de la extrema derecha lombarda, que manipula al chivo expiatorio de la inmigración desde hace décadas.

Del caso español no cabe aventurar mucho todavía. Es el país más tolerante de la Europa actual, pero la ola de nacionalismo que se está, poco a poco, desatando —y que se nutre de micronacionalismos y de la crisis del Partido Popular— puede tener consecuencias incontrolables en una sociedad democrática joven, con un modelo estatal original que no siempre es objeto de consenso. Frente a los inmigrantes —en especial los de confesión musulmana— se activan sentimientos religiosos y viejos prejuicios, convirtiéndolos en objetivos fáciles para ocupar el rol de chivo expiatorio.

Se podría ampliar el número de ejemplos (Países Bajos, Austria, Hungría, Polonia, etcétera), pues en todos estos países entra en funcionamiento el mismo mecanismo: se culpa a la inmigración, a la UE, se denuncia la pérdida de valores. En el fondo, estos movimientos nacionalpopulistas saben, cualquiera que sea su programa, que esta es la vía más rápida de conquistar el poder.

Está claro que el estancamiento de la construcción europea hoy y la ausencia de políticas capaces de generar esperanza y solidaridad en la identidad colectiva dejan vía libre a una propaganda ácida de todo tipo, que desemboca en sublevaciones sociales esporádicas, bajo la forma de chalecos amarillos a la francesa o, desgraciadamente, vestida con las camisas del nuevo fascismo.

Frente a la fabricación del chivo expiatorio de la inmigración, hay tres aspectos que llaman con urgencia a la acción. Se debe buscar el consenso más amplio posible entre las fuerzas democráticas para proteger el Estado de derecho amenazado por el nuevo fascismo. La idea en la que debe basarse este consenso es que la inmigración es un hecho social, no un asunto político, que debe gestionarse teniendo en cuenta las necesidades económicas y los derechos y deberes. La inmigración debe salir del campo político, y esto es algo imperativo para evitar así herir la identidad colectiva. Es también imprescindible apostar por una política educativa que favorezca, en el respeto de los valores de la sociedad de acogida, el encuentro identitario y la creación de un nosotros común. Por último, hay que vigilar la deontología de los medios de comunicación, por el papel que ostentan en la construcción del imaginario colectivo. Estos son desafíos difíciles, pero valen la pena, porque se trata de defender la humanidad de todos.

 

Sami Naïr es filósofo y politólogo, autor de ‘Refugiados, ante la catástrofe humana, una solución real’ (Crítica).

 

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