EN BUSCA DEL DIÁLOGO PERDIDO

CAMILO JOSÉ CELA CONDE

 

 

Abstract

 

El problema no es que se quiera a la vez dialogar y no dialogar, sino qué es lo que cabe entender el diálogo. Lo común es entenderlo como cruce de argumentos ante cualquier problema, como sin duda es el encaje de Cataluña en el Estado que ha de sustituir al de las autonomías procedentes de la época de la transición. Pero semejante diálogo resulta imposible si cada uno de los interlocutores tiene decidida de antemano su postura y se niega siquiera a considerar la del otro.

Con la figura del relator, según se entienda como árbitro o notario, se deriva ya desde el principio qué sentido tiene el conflicto entre Cataluña y el Estado de las autonomías.

 

 

EN BUSCA DEL DIÁLOGO PERDIDO

 

Los filósofos analíticos oxonienses del primer tercio del siglo XX recurrieron al metalenguaje para resolver las paradojas planteadas, desde la época griega, por la autorreferencia. Un ejemplo muy conocido es el de Epiménides, cuando planteó en qué medida puede ser cierta su afirmación “todos los cretenses son mentirosos” siendo así que él era cretense. Si es verdadera, resulta entonces que hay un cretense, el propio Epiménides, que no miente. Podría ser falsa, claro, pero es fácil proponer otra paradoja para mantener la duda, como la de Bertrand Rusell: en un pueblo en el que todos deben estar rasurados y nadie puede afeitarse a sí mismo, teniendo que hacerlo el barbero, ¿quién afeita al barbero?

El punto esencial para superar cualquier escollo así es entender que el problema no es de la lógica sino del lenguaje. Para poder resolver las paradojas hay que salir de él, instalarse en un metalenguaje desde el que se pueda analizar lo que, dentro de la lengua objeto de estudio, queda perdido en la trampa.

Parece que nuestra política ha entrado en un problema parecido y tal vez la mejor manera de entender que es así esté en el diálogo que Xavier Cassanyes ha querido promover en estas páginas. En la medida en que el cruce de argumentos se centre en el propio diálogo que se debería dar (o no) entre unionistas e independentistas respecto del proceso en marcha en Cataluña, la paradoja está servida. Con el lamento de Cassanyes acerca de la falta de participación de los partidarios de la independencia como colofón final.

El problema, por supuesto, no es que se quiera a la vez dialogar y no dialogar, como el barbero atrapado en el uso de su navaja, sino —ya en términos de metalenguaje— qué significa “diálogo” si debemos emprender alguno. Cabe entender el diálogo como un cruce de argumentos ante cualquier problema, como sin duda es el encaje de Cataluña en el Estado que ha de sustituir al de las autonomías procedente de la época de la transición. Pero semejante diálogo resulta imposible si cada uno de los interlocutores tiene decidida de antemano su postura y se niega siquiera a considerar la del otro. De líneas rojas estamos hablando. Lo que sucede entonces es que el tan cacareado deseo de un diálogo, tenido encima por el fundamento de la democracia, no es tal. Lo que se quiere es partir ya de lo que debería ser el resultado del cruce de argumentos.

La naturaleza paradójica de un diálogo que se quiere y se niega a la vez resulta clara tras haber salido a la palestra la figura del relator. No sólo, en plena operación metalingüística, se disiente acerca de qué significa tal personaje sino que se propone, se rechaza o se acepta su existencia dejando al margen las funciones que pueda llegar a cumplir. Si parece lógico que se discuta sobre todo acerca de lo que ha de hacer semejante árbitro, o notario, lo que se plantea en realidad es que de la existencia del relator, mediador o como se le quiera llamar, se deriva ya desde el principio el resultado del conflicto entre Cataluña y el Estado de las autonomías. Al fin y al cabo, semejante figura procede de los conflictos de descolonización en los que ha intervenido la ONU.

Con lo que lo tenemos claro sin más que hacer una pregunta ¿Alguien cree de veras que alguno de los protagonistas del rifirrafe está a la altura de Bertrand Rusell? Puede que la respuesta que demos sea la conclusión más cierta del problema que nos ha caído encima. Y, de paso, la peor.

 

 

Camilo José Cela Conde.

 

Profesor emérito de la Universitat de les Illes Balears. Miembro de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y del Center for Academic Research and Teaching in Anthropogeny del Instituto Salk y la Universidad de San Diego. Es columnista del Diario de Mallorca

 

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