TIEMPO PARA LA POLÍTICA

JAVIER AROCA

 

 

Abstract

 

El estado español está sin Constitución territorial. Una reforma constitucional debería contener un nuevo modelo territorial, debería ser federal, con las asimetrías necesarias para incluir todas las peculiaridades y aspiraciones nacionales de los constituyentes. 

 

 

TIEMPO PARA LA POLÍTICA 

 

 

Como han  advertido algunos reputados constitucionalistas, el estado español está sin Constitución territorial. Los desvaríos del Tribunal Constitucional con ocasión del fenecido Estatuto de Catalunya acabaron con ella. El contexto es el de la insatisfacción de algunos territorios del estado con el marco evolucionado tras la Constitución de 1978, en lo que al denominado Estado de las Autonomías se refiere. Por las razones que fuere, los años posteriores   marcados como un tiempo estable, consentido en incluso impulsado desde Catalunya, sirvieron pero aquello se acabó. Los herederos de hoy, no aceptan la herencia de sus mayores,   ni están dispuestos a comprender la compulsión de aquellos tiempos de negociación y cesión, incluso de renuncias. No entraré en las razones, y menos las históricas o psicológicas, pero lo cierto es que estamos donde estamos, en una situación que parece irresoluble, entre independentistas de siempre, independentistas sobrevenidos, unionistas de siempre, integristas al salto de mata y un número indeterminado de ciudadanos que pretendemos aún pensar que el conflicto tiene alguna solución.

 

Tampoco contemplo la rabia, que puede ser compartida, pero se trata de vencer, democráticamente, incluso en la adversidad.

 

Solución que excluye lo que no la tiene, es decir, el que convencidos independentistas renuncien a serlo. No se trata de eso, aunque debería ser compatible con una idea de acuerdo o del tempo; en otras situaciones, más o menos comparables, lo es, digamos que Quebec o Escocia; los independentistas conviven con el estatu quo, sin renunciar a sus ideas, aplazadas para mejor ocasión, véase Escocía y su gobierno actual. No considero las emociones y pasiones, difícilmente enmarcables dentro de, al menos, esta breve reflexión. También dejo fuera las mías, que tendrían que ver con la insostenible aceptación  del integrismo nacionalista español, expresado en lo más grosero de la justicia patriótica.

 

Aun así, entiendo que una aproximación a la solución desde una óptica constitucional es posible. No sin reformas de calado del estado. Un estado defectuoso, o defectivo, no fácil de reformar y, mucho menos, en sus estructuras profundas más integristas, desde el punto de vista nacionalista español, pero es un objetivo, y vital.

 

Lo primero sería una disposición a dialogar; el contexto: la comprensión del otro. Ni todos los catalanes son iguales, ni todos los españoles, tampoco. La visión, útil para la cohesión de la resistencia, de que en España todos pensamos lo mismo, no es el enfoque adecuado. Identificar estado, sus instituciones y el pueblo, los pueblos, diría yo, tampoco.

 

Más adelante, cualquier aproximación a la solución del llamado  conflicto catalán, pasa por otra, simultánea, del conflicto español; un conflicto que tiene que ver con su propia cultura democrática. Es lento, pero básico, o se soluciona o viviremos, todos, continuamente en la precariedad civil.

 

Eso implica una reforma profunda de la Constitución española que recoja mejor lo que la mayoría de los ciudadanos del estado, sus naciones y no naciones, entienden; donde se reconozcan y sean reconocidos, desde la lealtad y la comprensión mutua. Naturalmente, desde el principio democrático básico de la participación, en este caso, vía consulta, referéndum o refrenda, en cualquiera de las versiones útiles para los objetivos trazados.

 

Esa reforma debería contener un nuevo modelo territorial, que en mi opinión, debería ser federal, con las asimetrías necesarias para incluir todas las peculiaridades y aspiraciones nacionales de los constituyentes.

 

Sin nueva Constitución, nuevo marco territorial, la solución no está al alcance de la mano. La experiencia asoma y ofrece reflexiones, no hay trochas metaconstitucionales. Serán necesarios sacrificios y cesiones, pero también valentía, responsabilidad y sentido común. No se trata de renunciar a nada, sino de caminar por una senda distinta que permita caminar a todos, donde la mayoría, como no puede ser de otra manera en una de democracia sana, pueda siempre decidir.

 

 

Javier Aroca,

 

Jurista y Antropólogo. Columnista en El Periódico de Catalunya

 

 

 

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