COMPANY, UNA MALA NOTICIA

MARC GONZÁLEZ

Mallorca Diario

 

Uno de los males endémicos de nuestra política es el de que la democracia parlamentaria fue sustituida hace mucho tiempo por la democracia -ejem- partidista. Aquí las cámaras de diputados son una transposición de lo que se decide de antemano en las sedes de los partidos a lomos de asesores de imagen y expertos en inventar consignas para las redes sociales. El parlamento, como lugar de debate y acuerdo ha muerto. Las sesiones de control son una tortura precocinada apta únicamente para adeptos muy adeptos.

No llorarán precisamente la pérdida todos aquellos amamantados en el jardín de infancia del partido, porque para estos no hay vida más allá del carguito, el mundo se resume en millones de votantes a los que se trata de manipular y unos pocos miles de espabilados que consiguen vivir de engañar al prójimo para asegurar su nómina, que es su verdadero programa electoral. Si alguno de ellos alunizase de repente en la vida 'civil', moriría de inanición, porque no han ejercido un trabajo productivo en toda su existencia. A lo sumo, algunos son funcionarios en excedencia, cuyo apego por la política tiene más que ver en muchos casos con el ascenso de escala que con una genuina voluntad de servicio público.

Gabriel Company era, en este aspecto, una excepción. Y, como todo espectador de la política que se asoma durante unos años a la barrera, el aparato partidista ha acabado por liquidarlo. En parte, porque siempre lo consideraron un extraño en el país de los profesionales del cotarro, un hombre que no era un 'pata negra' del PP, es decir, que no había echado los dientes en Nuevas Generaciones. Y en parte, también, porque a Biel no le merecía la pena perder energías vitales en una actividad tan poco agradecida con los que realmente valen. La ambición política no compensa ni siquiera el fuego amigo que tiene que soportarse.

El PP no ha apostado por Company porque, entre otras cosas, en Madrid lo veían como 'demasiado' próximo a la cultura e idiosincrasia locales. En la prensa de extrema derecha de la capital era considerado incluso como un nacionalista. La capacidad de fabulación de algunos es digna de estudio. Y él ya había decidido dejar el cargo cuando perdió unas elecciones cuyo resultado era únicamente atribuible a su predecesor huido, el político más torpe, egocéntrico, embustero y perjudicial que ha dado esta tierra desde época pretalayótica, José Ramón Bauzá.

Casado cometió también una enorme torpeza cuando se llevó al Congreso a Margalida Prohens, alejándola de su tierra. La campanera es una buena parlamentaria, pero está por ver su capacidad de liderazgo, aun cuando tenga buenos mimbres.

El PP balear se queda descabezado en un momento crucial de la legislatura, justo cuando en Parlament se va a empezar a debatir -y se supone que a negociar- la futura Ley Educativa de las Illes Balears, que el conseller March repite una y otra vez que pretende pactar con el PP y otras fuerzas de la oposición, aunque mucho me temo que del discurso al hecho va a haber, no un trecho, sino un abismo. De momento, la negociación de la LEIB con la sociedad civil ha sido sencillamente inexistente, lo cual no augura nada bueno para el futuro de la iniciativa.

Prohens tendrá, pues, poco tiempo y el hándicap de su condición de extraparlamentaria -en Balears, claro- para poder coger las riendas y fijar posición política de cara a la segunda mitad de la legislatura. Esperemos que el talante dialogante del santjoaner se mantenga en la nueva etapa. Los ciudadanos están muy hartos de la permanente confrontación.

Isabel Díaz Ayuso y Margalida Prohens tienen en común que son mujeres de carácter, pero poco más en sus respectivos estilos. Casado decide desde Madrid los líderes que tienen que dirigir las autonomías, y ahoga cualquier debate interno, algo que confirma la recentralización del PP. El palentino ha comprobado que el medicamento 'Ayuso Forte' ofrece esperanzadores resultados para la depresión de los conservadores, y se apresta a despachar recetas aquí y allá, como si él fuese el inventor de la pócima. Puede sucederle, sin embargo, que acabe siendo víctima de su propio remedio terapéutico, porque si justifica el relevo de Company con el hecho de que este perdió las elecciones con Armengol, me temo que a él le pasó exactamente lo mismo con un tal Pedro Sánchez.

Company ha supuesto un paréntesis en nuestra política que algunos hemos observado con interés, pero cuyo resultado final conocíamos desde el principio.

Su abandono es una mala noticia. Una verdadera lástima para la regeneración de la vida pública.

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