CONFINADO Y VACUNADO

ÁNGEL ALDA

 

 

Pues resulta que ya me han puesto la vacuna. La primera toma. Más o menos en el tiempo y forma que se viene anunciando desde hace meses. Y casualmente en el mismo día han anunciado el confinamiento del barrio donde vivo. Una de cal y otra de arena. La historia parece que necesita sus dosis de simetría y se complace en estos bucles mágicos, estas coincidencias paradójicas. Espero que con el segundo pinchazo coincida también el tiempo del final del confinamiento, por lo menos el de mi barrio.

No pude inmortalizar con un selfie el momento decisivo de la administración del suero salvador, lo más parecido a un acto religioso, a una moderna comunión civil. Prohibieron recientemente las fotografías. Me dijo la enfermera que la gente estaba más atenta al flash que al pinchazo. Me había preparado con mi mejor camiseta de combate a favor de la sanidad pública pero no pudo ser. Para el segundo convocaré a la prensa amiga a ver si con ellos presente rigen las prohibiciones o tienen licencia especial. 

He tardado tres días en saber los límites del encierro barrial dado el perímetro artificioso de lo que llaman Zona Básica de Salud, el territorio que cubre la atención del centro sanitario de referencia. Nada que ver con los límites naturales de una comarca como nos pasó cuando al llegar en Junio pasado a Ribadeo la frontera era tan sencilla de definir cómo distinguir las aguas de la Ría y el paso del puente de los Santos. El dibujo de la ZBS de Eloy Gonzalo, en confianza Cascorro, se parece más a una mariposa jorobada que a cualquier forma geométrica. He comprobado que puedo caminar mis cuatro o cinco kilómetros reglamentarios siguiendo estrictamente el contorno de la zona pero aún así no estoy seguro. No se si voy a poder cumplir la norma debidamente. En realidad debo ser el único ciudadano preocupado por ello. 

Hablando de vacunas copio el titular de una noticia; 'Los países ricos han vacunado a una de cada cuatro personas y los pobres a una de cada 500". Vamos bien. Creo que no cabe más brutalidad que los hechos. En un mundo global no acaban las pandemias hasta que no acaban todos los focos. Parece que para el verano los mayores de 50 estaremos vacunados. Y si no se cruza por medio un virus mutante debidamente protegidos. Al resto del mundo que le den.

Creía que esto de la vacuna me iba a poner a cien como a esos seres señores y señoras cuyos bailes post pinchazo inmortalizan en el TikTok sus nietos descojonados de la risa. Por lo menos emocionalmente. Pues no. Tengo una sensación rara. Como cuando estás en una fila de rancho militar esperando con tu plato de aluminio a que te sirvan y no llegas nunca a saber qué comida ponen. Sabes que llegas a tiempo pues estás de los primeros pero eso no es suficiente consuelo ni seguridad. Puede acabarse el perolo o pueden tocar zafarrancho de combate.

Creo que podremos alternar, ligar y más actos impuros e incluso algunos afirman que hasta salir a la calle sin mascarillas. Pero la mala leche de la pandemia representada por lo privado, el hogar, la pantalla del vídeo y la del teléfono seguro que querrá prolongar su dominio. Mientras no estemos vacunados todos no habrá cambios sustanciales en el mundo. La vacuna solo inicia una transición hacia el mundo de antes. Y no sabemos hasta qué punto el mundo de antes es recuperable. A lo mejor la nueva normalidad nos gusta menos de lo que pensamos.

El coronavirus ha venido a alterar dramáticamente nuestro mundo. A introducir el miedo en el interior de la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales. A cambiar, no sabemos si definitivamente, las reglas de juego de la política. Brutalmente las sociedades viven en la duda de enfrentar la libertad al logro de la salud pública. Allí donde las sociedades desestructuradas socialmente, pongamos Brasil, están ofreciendo un espectáculo lamentable de abandono y egoísmo o las propias del primer mundo un constante dudar y experimentar distintas formas de enfrentar al monstruo, resulta que las únicas que han logrado éxitos y librar la batalla de la supervivencia al unísono de la economía y de la salud han sido las sociedades autoritarias del este. Esto dibuja un escenario que impone respeto. 

Las izquierdas hablan del futuro. Dicen que quieren construir la utopía. Una felicidad de contornos angélicos, de foto con nubecitas. La derecha mientras tanto celebra el presente, la vida tal como es, el gozo posible. Desde ambos lados de la trinchera se nos escamotea el dolor. Unos porque lo legitiman como tributo al futuro, al bien común, a la sociedad. Otros porque lo camuflan con la fiesta y el carpe diem. 

Y en esa batalla estamos. Un campo de juego que no coincide con la búsqueda de la felicidad. Un pleito estéril para la gran masa de nuestros contemporáneos que bastante tienen con la lucha por el pan de cada día. La derecha no ofrece siquiera linimento para aliviar la desgracia de sobrevivir. Se limita a ofrecerte calles llenas de terrazas desde las que contemplar las luces del carnaval y la música de las chirigotas o en el mejor de los casos una colección de libros de autoayuda para superar el dolor de vivir. La izquierda lo fía todo a un futuro escatológico, a libros de caballerías o a la ética de la liberación. 

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