La muerte, qué estupidez.

JUDES MORENO

 

Se está hablando y escribiendo mucho estos días de la ley que legalice y regule la eutanasia en nuestro país. Hay defensores y detractores, gente que se apasiona por el tema y enarbolan la bandera de sus opiniones al respecto. Respeto todas ellas y a sus defensores. Pero olvidamos a veces lo fundamental y lo principal: la vida.

La muerte no deja de ser una estupidez, una fatal y definitiva estupidez con la que se concluye nuestra existencia. Lo que importa es vivir, vivir con dignidad y felicidad (esta última en lo posible, en lo que de nosotros dependa). Solo si exigimos una vida digna, humanamente digna, para todos sin exclusiones podremos conseguir una muerte que también lo sea.

Pensar en la muerte, en una muerte digna, y olvidarnos de una vida digna es una rotunda estupidez. Como también lo es pensar en la muerte y dejar de vivir el momento, el día a día en el que vivimos. Es desaprovechar la vida. Nuestra vida tiene fecha de caducidad que desconocemos. Nadie sabe si será larga o corta. En ella encontramos dos evidencias ineludibles: nuestro nacimiento y nuestra muerte.

Al nacer iniciamos nuestro recorrido vital fuera del vientre materno. No nacemos en blanco, ya llevamos una historia de gestación, de ambiente familiar y social. Nacemos en familia y sociedad, en ellas vivimos y realizamos nuestra trayectoria que terminará con la muerte, segura e incierta en tiempo y circunstancias.

La vida es lo que nos ocupa y preocupa (la muerte solo nos preocupa). Ocupémonos de la vida. De vivirla con plenitud, dignidad y provecho. De ser felices en la medida que podamos y nos dejen.

Así como la vida no la podemos vivir en soledad, tampoco la felicidad es solitaria. Más bien la felicidad es SOLIDARIA, social y familiar. Nuestra vida es en armoniosa colaboración social. Nuestra preocupación no puede ser la muerte sino la dignidad de mi vida y de quienes la comparten. El sentido de la vida es su vivencia diaria digna y solidaria.

Si a ello se une la fe, tal es mi caso, tanto mejor. Pero sigo pensando que la muerte no deja de ser una estupidez si nos impide gozar cada día de lo que Dios nos ha dado.

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