LA VERDAD NO ES VERDAD

J. M. GRANADO

 

 

Los disturbios acontecidos estos días en las calles de Barcelona han ofrecido una imagen de la ciudad que la hace irreconocible para cualquiera que haya estado en ella. Entre el humo de las hogueras y los gritos de los manifestantes se produjo una becqueriana situación que merece la pena contar. En esta un ciudadano anónimo recriminó la actuación de un manifestante encapuchado que incendiaba un contenedor. Lo absurdo no reside en el hecho en sí mismo sino en lo que viene a continuación. La reacción del manifestante fue preguntarle al ciudadano: ¿y quién eres tú para decir que no se puede quemar nada, eh? Como si para pedir calma y sensatez en un momento de peligro, tensión, y violencia fuese necesario ser alguien. A priori podríamos pensar que la situación descrita tan solo es otro episodio sin demasiado sentido, entre los que se dieron la pasada semana a raíz de la sentencia del Supremo. Pero si se presta un poco de atención quizá se pueda extraer algo más. Cuando nos ponemos en contexto y somos conscientes de que el ciudadano se halla en la necesidad de justificar quién es, si quiere hacer un llamamiento a la cordura, advertimos que algo grave está pasando.

 

El manifestante probablemente sería capaz de esgrimir un argumentario con el que defendería la quema del contenedor. Del mismo modo el indignado ciudadano podría responder con otros argumentos, basados en la no violencia como la única forma legítima de proceder en la política. Pero el problema no es tan sencillo. No se trata de una simple cuestión de distintos puntos de vista acerca de los métodos de hacer política. Si a eso se redujera todo, la situación habría sido mucho más fácil de comprender, aunque no necesariamente de solucionar. Analizando brevemente las palabras del manifestante caemos en la cuenta de que este no se ha enzarzado con el ciudadano en justificaciones acerca de por qué quema el contenedor, sino que cuestiona la legitimidad de este, cuando intenta pacificar la protesta. Es aquí el momento en que entra en escena un elemento que nos ayudará a comprender lo sucedido: la postverdad.

 

Recordemos aquella lapidaria frase que pronunció Rudolph Giuiliani el año pasado cuando participaba en una tertulia política en la NBC: la verdad no es verdad. El ex alcalde de Nueva York arremetía así contra el periodista y los demás invitados que defendían la veracidad, mediante pruebas, del último escándalo de Donald Trump. El relativismo radical que duda hasta de lo más básico como es la noción de aquello que es cierto, del sentido común, o de la legitimidad del ciudadano que exigía el fin de los altercados, llega a nuestras vidas. El caso del ciudadano y el manifestante en las calles de Barcelona no es más que un pequeño reflejo de una situación que a gran escala lleva desarrollándose en nuestra sociedad desde hace ya algunos años. Las formas convencionales de conocer la realidad se ven alteradas por la hiperconectividad que ofrece la tecnología. Tal fenómeno de cambio tiene también su efecto en los patrones de referencia que hasta ahora determinaban la veracidad de los hechos. A lo largo de la historia la relación que existía entre la realidad y la verdad era infranqueable. La verdad era una categoría que se administraba siguiendo un criterio que generalmente se basaba en dar por cierto aquél relato más cercano a la realidad del hecho en cuestión. La verdad, aunque pudiera cambiar a la luz de nuevas informaciones posteriores, siempre era una. En nuestros días la cosa ha cambiado. Como diría Giuiliani: existe la realidad y diferentes versiones de esta. O lo que es lo mismo: diferentes verdades posibles sobre una misma realidad. En la época de la postverdad la definición clásica de verdad única ha muerto. 

 

En el terreno sociopolítico las definiciones convencionales que servían para entender conceptos como: el Estado, la ley, la democracia, o el uso de los espacios públicos, también son igualmente revisados. Su antiguo papel como referentes únicos de un orden y moralidad se tambalea y con ello se abren espacios de relativismo en los que urge una nueva definición. Pero mientras esta llega la ausencia de referentes genera que no se tenga nada a lo que dar por válido para enfrentar situaciones como la del manifestante. Esto implica una transformación de las relaciones humanas tal y como las conocíamos. En un tiempo pasado ante tal reproche, el manifestante hubiera podido actuar de una de las dos maneras siguientes: o bien mediante una respuesta en la que se enfrentara al ciudadano de forma agresiva, o bien mediante el silencio de saber que lo que hace está mal pero a pesar de ello lo hace. No obstante hace unos días respondió buscando un atisbo de autoridad legitimadora en quién le recriminaba. Se cuestionaba la validez de los argumentos del ciudadano. El cambio nos envuelve, y prueba de ello es que lo que se busca de forma inconsciente es ese nuevo referente, que a fin de cuentas nos diga: qué  está bien y qué está mal, qué es verdad y qué es mentira, dónde estamos y a dónde vamos.

 

Al paso de estos cambios surgen aquellos que se benefician de la postverdad. Su labor se centra en crear nuevos referentes sustentados en esquemas pasados, que a menudo chocan con la ética y los principios democráticos. Abanderados de tales estrategias como Trump, se sirven de las redes sociales para llegar al máximo de gente y ofrecerles una forma enlatada de entender la realidad. Un método que presenta un hecho a trozos, que selecciona e interpreta los que sirven a sus intereses y deshecha los que no. La realidad se presenta sesgada, y la verdad se modela según interese. Lo que consideramos cierto y válido se construye y define para encajar en ese nuevo marco de referencia. Pero en esta época de cambio el balance no es totalmente negativo. Grandes referentes de una moral social muy establecidos hasta el momento como el patriarcado, el miedo al diferente, o el odio a colectivos no mayoritarios en la sociedad, también sufren esta transformación. La sociedad construye nuevos discursos que definen la verdad basándose en hechos hasta ahora invisibilizados o desoídos por los canales convencionales de información. Estructuras muy resistentes y establecidas que constituían la base de la moral social ocultaban temas importantes en la esfera de lo privado que ahora salen a la luz. Un discurso alternativo sobre cuestiones que desafían lo establecido por los ejes de poder tradicionales. El problema del cambio en el que vivimos es que tenemos la certeza de estar saliendo de un determinado orden de cosas, pero no la constancia de hacia dónde nos dirigimos. Si queremos que todo esto termine con un balance positivo que aporte más libertad, más democracia, y más diálogo, debemos tener clara una cosa: la verdad debe ser siempre establecida sobre la base de criterios de objetividad, nunca desde intereses políticos.

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