LESBOS & SAMOS O LA FOSA COMÚN EUROPEA

SION GELABERT

 

 

Cuando se han cumplido tres años del “esperanzador” acuerdo de cuotas obligatorias de refugiados que Bruselas propuso en mayo de 2016 a los estados miembros de la Unión Europea, para ayudar a los países que sufrían y sufren mayor presión migratoria, como Italia, Grecia o España, nos encontramos con un dato que se puede calificar poco menos que de dantesco y vergonzante en pleno siglo XXI, en un momento en que el planeta entero se encuentra inmerso en la llamada aldea global, un concepto según el cual lo que suceda o afecte a unos, tarde o temprano, de una manera u otra, terminará por afectar al resto del mundo. Dicho dato es 13.000, que es el número de personas refugiadas o migrantes que se encuentran hacinadas en campos, supuestamente de tránsito pero que son, de facto, meros campos de concentración, en las islas griegas del Egeo.

Esta cifra resulta aún más vergonzante si nos hacemos eco del dato difundido por la ONG española PROACTIVA OPEN ARMS, según el cual en la isla de Samos, en un campo con capacidad para 600 personas, se aglomeran más de 3000 seres humanos en unas condiciones que sólo se pueden calificar como “deplorables e inhumanas”, un campo en el que trabaja un único médico que tiene que hacer frente a las necesidades sanitarias de toda esta gente sin poder contar, siquiera, con los recursos mínimos para llevar a cabo su labor.

Este dato es aún más sonrojante si incluimos en la ecuación el acuerdo UE-Turquía, que supuso el pago de 3000 millones de euros por parte de Bruselas al ejecutivo de Erdogan con la finalidad de que todas las personas migrantes que llegaran irregularmente a las islas griegas deben permanecer en las islas y que sólo pueden ser trasladados a la parte continental aquellos que pertenecen a grupos vulnerables o cuya solicitud de asilo haya sido admitida a trámite o serían devueltos a Turquía. Un acuerdo del que, 3000 millones de euros y tres años después, el gobierno turco se desentiende por completo

Todos estos factores ponen de relieve un hecho que no puede ser obviado de ningún modo, ninguna de estas personas tiene la menor perspectiva de acceder a territorio continental y están abandonadas a su suerte, no ya sólo por parte de los gobiernos griego y turco, si no también por parte del resto de estados de la Unión Europea.

Aún así, y pese a lo escalofriante de las cifras, queda un resquicio de esperanza. Una esperanza que no surge, ni mucho menos, del corazón político de Europa, ni de ningún otro gobierno. Ésta surge del esfuerzo y dedicación de hombres y mujeres los cuales se niegan a aceptar esta situación y que anteponen su lucha contra la injusticia a su propio bienestar.

Son muchas las ONG que han tomado el toro por los cuernos e intentan llevar a cabo las labores que, por lógica, corresponderían a los estados. Y digo “intentan” porque los propios estados europeos, desoyendo el derecho internacional, ponen todas las trabas habidas y por haber a estas organizaciones, impidiéndolas zarpar para desarrollar sus acciones de rescate de inmigrantes en aguas internacionales, con la consecuente muerte silenciosa de muchas de estas personas, o, incluso, con procesamientos judiciales, bajo la acusación de tráfico de personas.

Paradójico resulta el caso de Open Arms, cuyo buque permaneció varios meses amarrado en puerto sin permiso de las autoridades españolas para poder zarpar, permiso que finalmente les fue concedido a mediados del pasado mes de abril con la prohibición expresa de intervenir en operaciones de rescate y con el objetivo de trasportar ayuda humanitaria con destino a los campos de las islas griegas del Egeo.

Dicho buque, después de que se le denegara el permiso para descargar el material que transporta (principalmente, alimentos, medicamentos, productos de limpieza personal y de ropa, ropa propiamente dicha…) en la isla de Samos por una supuesta saturación del puerto, se encuentra fondeado ante la Isla de Lesbos sin permiso para atracar pese a que el puerto se encuentra totalmente vacío.

¿Qué se esconde tras todas estas trabas?, ¿por qué el gobierno griego no permite el desembarco de la ayuda? Causas y motivos puede haber muchos, pero uno se inclina a pensar, pensando mal, que la negativa proviene de la propia incapacidad del gobierno de Atenas para distribuir la ayuda necesaria y que permitir el reparto de la ayuda por parte de cualquier organización externa al ejecutivo de Prokopis Pavlópulos sería un reconocimiento, de facto, de dicha incapacidad.

Otra posibilidad sería el “grano en el culo” que supone la presencia de estas organizaciones las cuales son las que mantienen encendida la llama y difunden la vergonzosa situación por la que atraviesan las personas refugiadas.

O quizás se deba a las presión por parte de la creciente ultraderecha xenófoba en territorio europeo la cual está empezando a obtener presencia significativa no tan sólo en los parlamentos nacionales si no, también, en los gobiernos de algunos de los estados miembros de la Unión, léase Salvini en Italia o Orban en Hungría, por citar algunos ejemplos.

Sea cómo fuere la realidad es una e incuestionable, o se toman medidas drásticas para permitir a estas personas llegar a sus destinos o se permite a las ONG’s aliviar su situación con la esperanza que, algún día, los conflictos o los motivos que les han obligado a abandonar sus países se resuelvan y puedan retomar sus vidas. De lo contrario, vista la dejadez con la que se actúa, Lesbos & Samos terminarán convirtiéndose en la fosa común de la vergüenza europea.

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