LOS ESTADOS DE ÁNIMO EN LA NUEVA NORMALIDAD

ANTONI TARABINI

 

Desde el 14 de marzo hemos transcurrido desde el confinamiento, léase la cuarentena, pasando por las cuatro fases que formaban parte del desescalonamiento hasta llegar a una Nueva (?) Normalidad. Se supone que, con prudencia, podemos ir recuperando las relaciones humanas y sociales, y a la vez ir reconquistando la actividad socioeconómica. Sin pasar por alto que el virus sigue vivo y coleando, lo que nos obliga a seguir tomando medidas preventivas hasta poder tener acceso a un vacuna eficaz.

 Desde la  Fundacio Gadeso hemos desarrollado una investigación  con el objetivo de conocer cuales son los principales problemas que tiene nuestra ciudadanía; y a su vez detallar cual es el índice de confianza, a corto y medio plazo, en superar las dificultades especialmente en el área socio-económica. Quizás lo valioso de la investigación es que ha filtrado las respuestas a través de las tipologías de las clases sociales (alta, media/alta,  media/media, media/baja, y baja) cuya definición se puede consultar en Quaderns Gadeso nº393, junio 2020. Del conjunto de factores, las inquietudes tienen una carga media muy elevada para las clases baja y media/baja: crisis económica 78%, el paro 70%, inestabilidad laboral,65%. Su situación es de exclusión real o de riesgo. En el otro extremo, clase alta y media/alta ningún indicador supera el 50%. Llama la atención la relativa baja inquietud por el virus, 32%.

Delante tal perspectiva el nivel de confianza de corregir o mejorar los entornos socioeconómicos (trabajo estable, acceso a la vivienda…) sigue con la misma tendencia. Las clases medias experimentan niveles bajos de confianza, y entre las clases bajan sus perspectivas son muy negativas. Las clases sociales, alta y media/alta los niveles de confianza son mejores, pero no positivos. El nivel de incerteza especialmente a medio plazo, es muy notable.

¿Dónde nos conduce tal percepción a corto y medio plazo? A un estado de ánimo negativo. Acudamos a los hechos. Un factor determinante de la trasferencia de la juventud hacia la adultez se visualizaba en la voluntad y capacidad de emancipación.  Léase toma de decisiones que implicaban no una ruptura con sus raíces familiares, pero si un recorrido hacia una vida propia y de convivencia diferenciada. Entre los 19 y 25 años comenzaba a vislumbrarse y consolidarse una vida autónoma (personal, profesional,,económica, social…) que  posibilitaba  (con pareja o sin ella, sólo o con amigos/as) formar un hogar propio y diferenciado, aunque inicialmente fuera con apoyo familiar en la hipoteca o el alquiler. Tal modelo se fue al traste cuando el trabajo se convirtió en un bien escaso; y en la actualidad en caso de tenerlo, es de escasa estabilidad, calidad y bajos salarios.  No sólo resulta imposible el acceso a una vivienda, sino también es inviable cumplir con los compromisos ya adquiridos a través de una hipoteca o alquiler.

Y ante tal panorama surgen los Millenials, la generación del milenio, de 25 a 40  años, que se presupone que serán más del 70% de la fuerza laboral del mundo desarrollado en 2025, y que debieran haber cogido responsabilidades personales, profesionales, cívicas, política. Nacieron en la prosperidad, con un entorno político, económico y social infinitamente mejor que el de sus padres, pero que cuando llegaron a la mayoría de edad se dieron de bruces con una durísima crisis que truncó las expectativas de muchos de ellos. Son el colectivo de los sueños rotos. Pero piensan que la sociedad está en deuda con ellos. Se ven a sí mismos como una generación perdida en el camino entre dos mundos. Como decía una joven de forma gráfica en un conocido programa de radio: "Somos una generación de transición. Somos la última en muchas cosas y la primera en otras tantas. Estamos entre lo viejo, que no acaba de morir, como el papel o el bipartidismo, y lo nuevo, que no acaba de nacer.”

 “Aspiramos a todo lo que han aspirado nuestros padres, pero ellos se conformaban con un trabajo que les diera de comer y nosotros queremos que nos dé de comer y nos guste”. Los millennials españoles quieren un trabajo, pero tienen menos prisa por encontrarlo, entre otros motivos porque no ven posible un trabajo digno y de acuerdo con sus capacidades y formación. "Salario bueno no va a haber; condiciones casi seguro que tampoco, expectativas escasas, y vivir la vida es un poco lo que nos queda”. Y visto lo visto, ponen por delante (¡si es posible!) la calidad y un horario que les permita conciliar lo laboral y lo personal.

No nos extrañe que personas que se supone con buenos niveles formativos, concluido el Régimen de Alerta obvian cualquier indicación preventiva. No se mantienen las distancias, la mascarilla es un instrumento molesto, se reúnen y relacionan en grupo. La responsabilidad personal es un camelo.

Lo que desearíamos, no soy el único, es que la Nueva Normalidad no se limite a un simple regreso a la Vieja Normalidad.

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