MÁS ESTADO Y MÁS EUROPA PARA NO SUCUMBIR.

XAVIER CASSANYES

 

 

En los años noventa (1992), Francis Fukuyama publicaba su tesis sobre el fin de la historia afirmando que con el fin de la Guerra Fría se entraría en una etapa de multipolaridad y de concordia mundial en que los conflictos iban a resolverse desde los acuerdos. Una generación más tarde aquel espejismo pacifista se ha desvanecido y vemos cómo la confrontación ideológica, pero de índole distinta a la de la Guerra Fría, está en el núcleo de los nuevos bloques geopolíticos en formación.

Las razones de ese cambio se explican porque se pone como modelo el desarrollo de China, de un capitalismo dirigido desde la dictadura, exportándose como receta para países pobres y estados occidentales en crisis. El gigante asiático, fortalecido por ser insustituible como fábrica del mundo, quiere además dictar la política global y extender la nueva convivencia y su modelo político, incluso en el seno de los estados del primer mundo. Rusia, su aliado estratégico, compartiendo con China sus sueños imperialistas, vuelve a ser la primera amenaza para la estabilidad política en Europa.

La responsabilidad de China en la configuración de ese nuevo paradigma político arranca cuando decide, con el nuevo presidente Xi Jinping en 2012, apretar el acelerador para convertirse en la superpotencia del siglo XXI subiendo un grado su implicación en la dirección económica del mundo. Sin olvidar que el Covid-19, su gestión interna y la virtualidad de proporcionar vacunas a países pobres, está resultando una notable oportunidad para la reorganización de su geopolítica.

Por su parte, Rusia ya ha constatado la impotencia de Occidente para frenar sus políticas expansionistas desde la anexión de Crimea y la invasión blanda de Ucrania. Y ahora su política en el Ártico. El Paso del Norte, unir el océano Atlántico con el Pacífico por el Ártico  va a suponer acelerar en parámetros desconocidos el cambio climático. Porque el cruce constante de cargueros formará un canal tan amplio que evitará la nueva formación de hielo en los inviernos. China y Rusia se creen beneficiadas con las previsiones más nefastas del cambio de climas.

Los nuevos bloques hegemónicos, nucleados en torno a China y Rusia y, del otro lado, Estados Unidos y la Unión Europea, se plantea en términos de una batalla global, como dice Antón Costas, en la Vanguardia (1/4/2021), que cuestiona, a la baja, las ideas y los consensos políticos que hemos estado manteniendo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El debate es sobre la indiscutida, hasta ahora, superioridad cultural, moral y ética, del modelo de democracia liberal occidental y una suerte de autoritarismo a la asiática, donde la libertad quedaría subordinada a conceptos de progreso económico y social dirigidos desde élites políticas pertenecientes,  o no, a un partido único. Apuntando a una nueva edición social de la máxima de Confucio la armonía;  la sumisión confucionista. 

Y ¿cuál es la defensa posible de nuestras democracias liberales para preservar nuestro modo e instituciones políticas?

El reequilibrio entre la actual hiperglobalización y los estados, habrá de realizarse en beneficio de estos últimos, como dice Costas en su artículo, pero con el vector hacia Europa, avanzando hacia estadios de mayor unidad de acción y no necesariamente contando con los 26. Las dos velocidades políticas, que económicamente son una realidad, tendrán que conformarse tomando la delantera aquellos estados que estén más armonizados para una unión política efectiva y ágil. El primer paso, en áreas de necesaria y estrecha coordinación: en la salud e investigación. Y, también en las fuerzas armadas, que adquieren una nueva dimensión de asistencia en emergencias, para conformar ya ese esquivado ejército europeo y reajustando los ejércitos nacionales a la nueva ordenación europea.

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