OTRO REFERÉNDUM EN CATALUÑA

JESÚS MANUEL GRANADO

 

Hace unas semanas Quim Torra acudía al Parlament de Cataluña para poner sobre la mesa la necesidad de convocar un nuevo referéndum. Al hacerlo se producía una situación que recordaba al argumento de uno de los mitos más conocidos de la antigua Grecia: el de Sísifo. En tal mito un prisionero condenado por los dioses debe empujar todos los días un canto rodado tan grande como él hasta la cima de una montaña, intentando que se mantenga en ella. Pero al alcanzar este la cumbre más alta el canto rodado cae irremediablemente por el otro lado, provocando que la labor del condenado vuelva a empezar. La situación que se daba ante los parlamentarios y las cámaras de televisión era fiel al mito. Un referéndum otra vez como solución al problema que lleva colapsando la vida de la sociedad catalana y del resto del país los últimos ocho años. Una propuesta que no tardaron en rechazar sus propios socios en el Govern.

Ante tal desarrollo de los acontecimientos es necesario que llevemos a cabo un ejercicio reflexivo acerca de la delicada y a la vez compleja situación en la que está sumida Cataluña. No debemos olvidar qué más allá del foco de atención centrado sobre el independentismo, la realidad cotidiana de la ciudadanía está envuelta en una serie de dificultades que dicha propuesta probablemente dista de llegar a resolver. Asuntos como el copago sanitario, el empeoramiento de las condiciones laborales de los empleados de la administración, o los recortes impuestos por la coalición de gobierno a la educación pública son sólo algunos de los problemas diarios con los que la sociedad catalana debe lidiar. A ello podemos añadir el encarecimiento progresivo de los precios y la bajada de los salarios. Muchos factores que combinados conducen a un empeoramiento de su calidad de vida. Durante el tiempo que el procés ha centrado la atención de la política de la Generalitat, se ha defendido a capa y espada el derecho de autodeterminación, pero por otro lado se ha desatendido la defensa de los derechos sociales de los catalanes y catalanas. Ante tal contexto es razonable considerar que la actual situación política en Cataluña exija una solución que vaya más allá de la propuesta de otro referéndum. Qué vaya más allá de centrar el discurso político exclusivamente en el tema de la independencia. El Govern no puede seguir siendo un mero gestor del procés sino que debe afrontar y aportar soluciones a los problemas de quienes gobierna. A pesar de tal evidencia el president vuele a relativizar las cuestiones externas a la autodeterminación, como si nada más pasara en Cataluña.

Una vez tenido en cuenta el contexto económico no podemos dejar lado, en nuestro ejercicio reflexivo, la necesidad de atender el aspecto social igualmente dejado de lado por el Govern. De forma inevitable el procés ha dejado a su paso una fractura en la que la sociedad catalana se haya dividida y a la vez enfadada. Episodios de violencia sin sentido como los acontecidos en las calles de Barcelona durante estos días nos deben servir para tomar conciencia de la profunda división social de opiniones y sentimientos. Tal fractura surge como consecuencia de centrar intencionadamente todos los recursos, esfuerzos, y tiempos de la administración catalana en un discurso del ellos y nosotros, en aras de promocionar el proyecto independentista a toda costa. El independentismo, que tanto tiempo se había mostrado como un movimiento aglutinador de las emociones y demandas de una gran parte de la sociedad, se presentaba pacífico y cívico. Ahora se ve en la difícil situación de gestionar una decepción generalizada con arrebatos violentos de una parte del movimiento. La causa de ello debemos buscarla en todos los años en los que el Govern ha predicado la factibilidad de una causa que ahora parece inalcanzable. Y por si la sentencia del Supremo no fuera poco, la propuesta de Quim Torra viene evidenciar aún más la imposibilidad de alcanzar dicha meta en el corto plazo. 

La brecha no hace más que agrandarse, a medida que se agranda el desencanto social por unas ilusiones que fueron generadas por unos agentes que, como dice la sentencia, probablemente siempre supieron de la inviabilidad de dicho proyecto. Estos últimos ocho años mientras el Govern de la Generalitat defendía el derecho de autodeterminación la sociedad catalana, promovía medidas políticas que atacaban de frente sus derechos sociales. Mientras las instituciones han trabajado en sacar adelante el procés, todos los demás temas que afectan a los catalanes y catalanas han ido quedando atrás. Del mismo modo que la división de la sociedad, que debería haber sido problema principal del Govern, ha sido apartada del orden del día. Una vez terminado dicho ejercicio reflexivo con el que empezamos nos basta para hacer balance de la propuesta de Quim Torra, y comprender que Cataluña necesita soluciones a muchos más problemas de los que su propuesta puede solventar. Lo que nos lleva irremediablemente a concluir que la única solución mediamente viable ahora mismo son unas nuevas elecciones. Cataluña merece un Govern que solucione los problemas de la gente.

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