PANDEMIA Y CALIDAD EDUCATIVA EN EL PRÓXIMO CURSO

JESÚS MANUEL GRANADO

 

 

Tras meses de confinamiento por fin llega la esperada «nueva normalidad». Aunque parezca complicado debemos adaptarnos a un nuevo mundo con unas nuevas reglas, en aras de evitar la propagación del virus. De esta manera toca repensarlo todo para hallar fórmulas que nos permitan retomar nuestras actividades cotidianas, dentro de los parámetros de seguridad exigidos. La educación debe replantearse para poder seguir adelante y empezar de nuevo en septiembre. Ahora más que nunca son necesarias soluciones factibles que den respuesta al próximo curso, garantizando la salud de alumnos y profesores, sin que el distanciamiento social implique perder en calidad educativa, y sin olvidar el desarrollo de las Competencias Clave. Una tarea compleja, que va a estar condicionada por las dificultades económicas de las comunidades autónomas, y la llamada brecha digital.

Durante el confinamiento la tecnología ha permitido que nos comunicáramos desde la distancia de nuestros encierros particulares. Gracias a la telefonía móvil y las plataformas de videollamada se han podido mantener las relaciones sociales y familiares, así como en muchos casos laborales. En definitiva el uso de las tecnologías de la comunicación ha ayudado no sólo a sobrellevar el distanciamiento, sino a que el país no se paralizara de forma total. Paralelamente muchos profesores han podido entablar una comunicación con sus alumnos, lo que ha permitido la continuación de las clases y finalización del curso. A pesar de ello cabe destacar que en muchos casos esta educación digital ha conllevado una simplificación de los contenidos impartidos. A menudo reduciendo el proceso de aprendizaje a la elaboración de trabajos y ejercicios teóricos. Lo que ha supuesto un retroceso educativo, alejado del horizonte de aprendizaje en valores y habilidades aplicables a la vida, que dibuja la UNESCO en el marco de la educación competencial. Y es que las Competencias Clave necesitan para su aplicación de espacios sociales de debate y comunicación, así como de trabajo en grupo, que la tecnología no puede llegar a suplir. Es cierto que la inminencia de los acontecimientos ha forzado a la improvisación y  a la adaptación, tanto de docentes como alumnos y sus familias, a una nueva forma de educación a través de la red. Y no es legítimo culpar a nadie de las carencias que esto haya generado en la calidad de la educación de estos últimos meses. La imposibilidad de contar con un tiempo de preparación para adaptar, al formato digital, los contenidos diseñados para las clases presenciales, ha llevado a que el propio Ministerio de Educación optara por no considerar como determinantes las evaluaciones del tercer trimestre.

Ante esta situación educativa excepcional se pueden extraer varias conclusiones, algunas asociadas al proceso de digitalización de la educación y sus consecuencias, y otras al contexto social y la situación económica de cientos de familias en relación con el acceso a la tecnología. Siendo realistas hay que asumir que la tecnología nos ofrece la única posibilidad que tenemos actualmente para poder plantearnos sacar adelante el próximo curso. Ya sea en un escenario que implique un nuevo confinamiento, o una situación de controlada del virus, las medidas de distanciación social deberán seguir aplicándose. Un panorama en el que las clases a distancia nos ofrecen una combinación de distanciamiento y aprendizaje. No obstante de este formato se derivan la pérdida de situaciones sociales de aprendizaje que permitan la correcta aplicación de las Competencias Clave. Que se resta a la educación en forma de calidad y contenido. Dado que el conocimiento, sin las herramientas para aplicarlo a la vida, carece de aquello que le da sentido. Sin el debate cara a cara, con toda la carga emocional que ello implica; sin la posibilidad del intercambio directo de ideas, y la colaboración entre alumnos sentados en una misma mesa de trabajo; sin poder experimentar la carga humana que contiene la educación en el aquí y ahora del aula, el aprendizaje pierde su perspectiva y capacidad de ampliar la mente del estudiante. Impidiendo prepararle adecuadamente para lidiar con la realidad que le envuelve y la sociedad en la que está, en definitiva para su relación con el mundo de la vida.

Por otro lado, en el escenario de lo material, no podemos olvidar la imposibilidad económica de muchas familias para acceder a un ordenador, o tener internet en casa. Situación de vulnerabilidad de muchos alumnos y alumnas que les ha dificultado, incluso llegado a hacer imposible en muchos casos, poder seguir con las clases. Si el curso que viene se lleva a cabo únicamente a través de la red, debemos dar por hecho que el derecho a la educación va a verse puesto en cuestión. Esto nos muestra una realidad problemática, la de muchos niños y niñas, y jóvenes que a día de hoy no gozan de las mismas posibilidades de acceso a la educación que el resto. Una cuestión difícil de solventar que quizá ni siquiera la administración pueda solucionar, según sea el estado de sus cuentas tras meses de inactividad económica, y un verano complicado. Por ello, y para garantizar el acceso a la educación de todos, independientemente de su realidad particular, es imprescindible no despojar a los estudiantes de sus espacios de aprendizaje, el colegio y el instituto, que a su vez son clave en el desarrollo social de las etapas de la infancia y adolescencia.

Como dijera anteriormente es absurdo pensar que el próximo curso pueda plantearse sin la presencia de la tecnología como elemento clave. Pero tal circunstancia no es incompatible con una asistencia a las aulas determinada por pautas de seguridad. En grupos reducidos, con mascarilla, y manteniendo las distancias, pueden llevarse a cabo clases presenciales que se combinen con las sesiones a través de la red. Generando una simbiosis que sume la relación social y la comunicación digital. Un sistema mixto que no niegue los espacios sociales y lo entregue todo a la frialdad sin emociones de las pantallas. Es posible hacerlo tal y como lo hacen bares o restaurantes, manteniendo a la gente sentada alrededor de mesas en espacios proporcionales al número de asistentes. Las fórmulas pueden ser muchas y diferentes para el próximo curso, pero una cosa está clara: la tecnología es un apoyo educativo imprescindible, pero no debe hacernos perder de vista el valor pedagógico de la relación social, ni puede imponerse dejando a nadie atrás por no poder permitirse un ordenador. Si queremos que la educación progrese y no pierda en calidad, deberemos ser capaces de hallar el punto de equilibro entre digitalización y relación humana.

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