REFLEXIONES POSTPANDEMIA

ANTONI TARABINI

Dicese que las crisis  permiten apreciar lo que no parecía evidente, a pesar de que estaba ante nuestros ojos. De igual manera, la crisis sanitaria evidencia lo que no funciona, no sólo en nuestros sistemas de salud, sino en las sociedades en que vivimos, en la relación con la naturaleza y con los otros. La crisis ha evidenciado las fallas de nuestros sistemas  que han sido abandonados por las “políticas de Austeridad” aplicadas en casi todos los países del mundo y por privilegiar el interés de las finanzas internacionales por encima del bienestar de sus ciudadanos. La crisis muestra los efectos sobre las sociedades que acentúa las desigualdades y que, por ello, implica riesgos de salud más altos para los más pobres y los migrantes.

Pero hay un aspecto aún más importante que nos muestra esta crisis que es nuestra actitud hacia la naturaleza, que podemos resumir como arrogancia. En las últimas décadas, los más optimistas han creído que la tecnología va a brindarnos las soluciones para enmendar los daños que nuestros estilos de vida están teniendo sobre la naturaleza. Es un pensamiento científico/mágico similar al de los economistas que afirmaban categóricamente, poco antes de la crisis global de 2007-2008, que se crearon “mecanismos” para asegurar que las inversiones de riesgo garantizaran que nunca más habría una crisis financiera. Conocemos bien el resultado de estas predicciones; se destinaron 46.000 millones de euros públicos, sin retorno.

Si la inteligencia, el poder y el exceso de confianza han originado invenciones y avances espectaculares, también han derivado en desastres y en nuestra vulnerabilidad actual; es posible que la modestia pueda enseñarnos qué tenemos que hacer para salvar nuestro ecosistema. Como  han mencionado muchos analistas y activistas sociales, el cambio climático tendrá consecuencias mucho más catastróficas que las que está causando el terrible drama humano, social y económico que estamos viviendo, ya que amenazará a la humanidad entera.

Nuestros gobernantes, apoyados (escasas veces)  por algunos científicos, apuestan por las nuevas tecnologías para encontrar una solución, o incluso hallar un planeta alternativo hacia el cual podríamos migrar todos (o más bien algunos), para cuando se concrete la amenaza de la que habla Greta Thunberg, cuando clama que “nuestro mundo está en llamas”.Lo mismo ha ocurrido cuando las zonas urbanas o las fronteras agrícolas y agropecuarias se acercan a las zonas selváticas por la creciente destrucción de los hábitats naturales. Aunque no todos aceptan que la crisis sanitaria actual es resultado directo de la destrucción de la biosfera, no hay duda que lo es en términos intersubjetivos.

Lo que es absolutamente cierto es que, al igual que no estuvimos preparados para la actual crisis sanitaria, estamos aún menos preparados para la crisis ecológica. Y, también que si bien las consecuencias de la crisis sanitaria son aún desconocidas, la climática seguramente será mucho peor. Ante nuestra incapacidad para hacer frente a la presente epidemia, es irrisorio pensar que la humanidad podrá inventar algo para evitar el deterioro de la biosfera.

Muchos consideramos que se requeriría una concertación internacional para afrontar ambas crisis. Y que para frenar el deterioro del medio ambiente se necesita un pacto global, o incluso fundar un gobierno mundial. Aunque es poco probable que esto se materialice en el corto o mediano plazo. Durante el confinamiento  y las restricciones hemos podido darnos cuenta de lo que es verdaderamente importante. Algunos hemos cobrado conciencia de la brecha social: de la precariedad, pobreza, malas condiciones de trabajo y de las condiciones de vida de muchos de nuestros conciudadanos.

También nos hemos dado cuenta de la falta de recursos a los que se enfrentan los médico/as y enfermero/as y de las personas que producen los bienes más esenciales; y el hecho de que trabajan arriesgando sus vidas, para nosotros que tenemos el privilegio de estar confinados en nuestras casas.  Y también nos hemos dado cuenta que cada uno de nosotros puede contagiar o ser infectado por el otro. Esto puede dar lugar a una actitud defensiva y de rechazo, pero también es posible que genere una conciencia de que dependemos el uno del otro, y que el comportamiento individual impacta sobre los demás seres humanos.El ritmo de nuestras vidas se ha frenado considerablemente.

La transformación de la concepción del tiempo de las personas mayores puede acercarlas a las preocupaciones del movimiento de jóvenes que era tan activo en diferentes partes del mundo justo antes de la epidemia. Preocupaciones relacionadas con la forma en que la juventud actual experimenta la temporalidad. Los jóvenes sienten que su futuro está cerrado y que, por decirlo así, el tiempo se les escapa de entre las manos.

Mientras que, en el pasado, los movimientos sociales se basaban en la temporalidad “cristiana” (?), y luchaban por un futuro mejor, invocando la idea de que una utopía terrenal era posible a través de la revolución, sustentados en  la  probable mejoría de la clase obrera, de la humanidad. Hoy surgen de la desesperación, de la preocupación por un futuro no escrito.

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