SOCIEDAD DE LA (DES)INFORMACIÓN

LAURA SARGANTANA

Club de Libre Opinión

 

Orson Welles, en 1938, narró la invasión de la Tierra por parte de los extraterrestres causando el pánico en los habitantes de Estados Unidos. Aunque su objetivo era el de entretener, lo que demostró fueron los efectos de la inmediatez como técnica de los medios de comunicación. Décadas después, Jordi Évole en 2014, corroboró el poderoso efecto de los medios y su capacidad para hacernos creer —intencionadamente— una simulación de la realidad. El grado de influencia de los mass media en el comportamiento de los individuos y en las tendencias en la sociedad ha sido una de las cuestiones más debatidas y estudiadas ¿Receptores indefensos inyectados de mensajes mediáticos?

Sin duda la televisión ha cambiado la manera que tenemos como sociedad de observar y construir el mundo. Para algunos ha sido considerado un medio participativo, para otros, junto a la radio y la prensa tradicionales, instrumentos de transmisión de contenidos de manera unidireccional.

Pero es la aparición de Internet y las nuevas formas de comunicación que han transformado el escenario de los medios. El conocimiento se distribuye de manera masiva y circula en ambas direcciones a una velocidad sin precedentes. Además, no requiere manual de instrucciones: cualquiera de nosotros podemos difundir contenidos a través de la red (he aquí la prueba del delito).

Como diría Baudrillard, la instantaneidad y la velocidad han transformado la manera de estar y de relacionarnos en el mundo en un ejercicio de simulación.

La pregunta que deberíamos hacernos como consumidores es cuál es el papel de los medios de comunicación actuales en la sociedad contemporánea. Si nos ofrecen lo que queremos ver y escuchar, o bien si se nos presentan los contenidos en relación a un beneficio ideológico, político o económico.

Los medios de comunicación de masas se han ganado el apelativo de Cuarto Poder precisamente por pertenecer a grandes corporaciones de comunicación vinculados a grupos políticos, ideológicos o empresariales. Por tanto, en lugar de hablar de la “sociedad de la información”, tal vez sería más apropiado hablar de la “sociedad del espectáculo” desde el momento en el que los contenidos responden a intereses particulares y se banalizan a favor de una información sesgada, politizada y mercantilizada, lo cual socava los valores de la democracia.

¿Hemos pensado alguna vez, como ciudadanos, que esto está sucediendo ahora mismo?

Las noticias se construyen buscando la sensibilidad del espectador, de ahí la proliferación de programas y titulares sensacionalistas vacías de contenidos pero que cumplen la función de apelar a nuestras emociones. ¿Es lo que el público demanda o lo que nos han forzado a consumir?

La gran amenaza no es solamente acabar con uno de los más valiosos valores democráticos, sino la anulación de la capacidad crítica, la dificultad para crear una opinión pública no dirigida. Y los principales boicoteadores somos nosotros mismos cuando nos quedamos de brazos cruzados ante la pantalla de la televisión. Como receptores nos gusta escuchar o leer todo aquello que está alineado con nuestra ideología y realizamos una inmersión tal que nos impedimos a nosotros mismos escuchar otras ideas o perspectivas. El problema radica, quizás, en el hecho de que la pluralidad informativa, en realidad, no nos interesa o no nos contenta.

Internet tampoco es neutral. Los buscadores utilizan nuestros los datos —que regalamos constantemente— para que nos muestren todos aquellos contenidos alineados con nuestras preferencias y así poder tener la versión “cómoda” del mundo que nos rodea. Asistimos y somos cómplices de laMcDonalizaciónde la cultura, participando en la creación de patrones culturales y de consumo homogéneo.

Es cierto que las nuevas tecnologías de la información también permiten crear nuevos espacios de opinión y oportunidades para que la información y los contenidos lleguen a cualquier rincón del planeta de manera inmediata. También son potentes herramientas para movilizar a la sociedad, tal y como observamos durante las revueltas de la Primavera Árabe. El problema radica, una vez más, en la intencionalidad y manipulación.

Tanto los medios de comunicación tradicionales como los 2.0 entran en una constante contradicción: el derecho a la información de calidad vs las fake news, fáciles de propagar gracias a las TIC. Así, el gran reto de las redes sociales es el de trabajar en el control de la veracidad y calidad de los contenidos publicados, mientras que a los medios tradicionales les deberíamos exigir algún tipo de control para evitar la información falsa. Y no se trata de contraponer los medios tradicionales o los nuevos canales digitales, sino de contrastar la información, algo en el que como sociedad somos también responsables.

Sin duda, el concepto de comunicación ha cambiado, y como usuarios hemos caído en la trampa de las nuevas estrategias de los mass media. Emisores que fabrican noticias falsas, canales que facilitan su difusión global y receptores que compran y consumen simples impactos informativos que no responden a la realidad, sino al simulacro de Baudrillard.

En la era de la inmediatez, además, cualquier noticia pierde su valor nada más ser publicada, por lo que la función de los medios parece haberse reducido a producir y procesar estímulos de manera constante.

Por otro lado, parece utópico aspirar a una auténtica libertad de prensa sin masa crítica y sin independencia económica. Como consumidores, exigimos —y nos hemos acostumbrado— al acceso a la información gratuita, poniendo en peligro la pervivencia de profesionales de la información. Porque la digitalización de contenidos no ha resuelto todavía lo que significa ofrecer gratuitamente la información.

En definitiva, como consumidores debemos responsabilizarnos de nuestra manera de acceder a la información, mientras que los medios —independientemente de su línea editorial ideológica, y ya sean canales públicos o privados— tienen la responsabilidad social de ofrecer y garantizar la información plural y servir a la causa democrática por el bien común.

Porque más contenidos y mayor acceso a la (des)información, ya lo hemos aprendido, no significa estar mejor informados.

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