TOMA DE DECISIONES EN TIEMPOS DE LA COVID-19

ANTONI RIERA FONT

 

 

Individuos, familias, empresas y administraciones nos vemos, a menudo, enfrentados a multitud de situaciones en las que debemos decidir entre varias alternativas. El éxito de este proceso de toma de decisiones, depende, en primera instancia, de la capacidad de identificar aquellas alternativas 'posibles' pero, a veces, también de la capacidad de hacer posible aquellas alternativas más inverosímiles. Y es que, a diferencia de los personajes descritos por Marcel Proust, los humanos contamos con la inestimable ventaja de ir modificando la realidad, incluso cuando, como ahora, la realidad aparece teñida de incertidumbre, consecuencia de la COVID-19.

En este contexto de no-certidumbre y para evitar, como decía Kafka, que la confusión abunde más que el cambio, necesitamos conocer, cada vez con mayor precisión, no solo el comportamiento del nuevo coronavirus, los efectos sobre la salud pública y las restricciones que impone en términos de actividad y movilidad, sino el entramado de relaciones que se establecen entre la pandemia, el sistema sanitario y el sistema socio-económico. Es imposible tratar de abarcar las causas y los impactos asociados a la COVID-19 desde una sola disciplina científica. Estamos ante un empeño multidisciplinar, en el que el análisis económico también tiene algo que aportar. Ello es así porque como ciencia social, la Economía introduce a la sociedad en el escenario en el que se desarrolla la trama: comportamiento, necesidades, miedos, racionalidad...

Cierto es que en este afán de contribuir a una eventual solución de la COVID-19, los economistas analizamos los problemas de salud pública mediante lo que podríamos denominar una aproximación de 'brocha gorda'. A fin de cuentas, no tenemos conocimientos especializados ni en epidemiologia, ni de toxicología, ni de bioquímica ni de muchas otras ciencias más. Hemos de confiar en los resultados obtenidos por investigadores pertenecientes a otras áreas del conocimiento y llevar a cabo nuestra aportación construyendo sobre las bases científicas derivadas de otras disciplinas.

Una dificultad que afortunadamente va encauzándose porque disponemos de todo el esfuerzo realizado por los expertos OMS, así como los estudios del CERVED o Imperial College sobre los costes que el COVID-19 puede acarrear. El hecho de disponer de estas dos piezas sustanciales de información (si bien no únicas) de naturaleza multidisciplinar permite abordar el control de la COVID-19 desde una perspectiva coste-beneficio, como haría el economista con cualquier otra política pública (educativa, laboral, ambiental...). Se trata, en definitiva, de conocer cuáles serán los costes de no actuar y de compararlos con las distintas alternativas, teniendo siempre claro que nos movemos en un contexto de incertidumbre. Un contexto, en que los resultados de la toma de decisiones no solo no están determinados de antemano, sino que resulta imposible atribuirles una probabilidad, pues están sujetos al azar. Pero incluso en este contexto complejo (no, necesariamente, complicado) es preciso valorar todas y cada una de las alternativas y sortear el temor que sienten colectivos, administraciones y empresas que las actuaciones deriven en costes sanitarios y económicos excesivamente elevados.

Hoy, lo que podemos afirmar con certeza es que el coste de no actuar, sea cual sea la alternativa de acción que se lleve a cabo, supera al coste de hacerlo. Es preciso solucionar la crisis sanitaria, dedicándole todos los recursos económicos y atención que para ello sean necesarios, incluso si ello supone un agravamiento de la crisis socioeconómica. Pero hay que hacerlo bien y rápido porque el escenario socioeconómico esconde otras certezas:

1. El proceso de recuperación económica no dependerá, como en otras crisis, de la dinámica de inversión empresarial, sino que la variable sanitaria va a condicionar la actividad económica de los próximos meses (ejercicios) sobremanera. La recuperación rápida en forma de "V" está descartada, pues existen tanto factores epidemiológicos como económicos sobrevenidos de la COVID-19 que obligaran a un arranque progresivo y relativamente largo. Entre estos factores sobrevenidos destaca una nueva organización de trabajo, turnos, horarios, medidas orientadas a la prevención y a la detección de la enfermedad, distanciación física, modificación de procesos y, por supuesto, aparición de nuevos...

2. El impacto sobre las empresas será variable y estará en función no de su tamaño, sino del sector en que operen, del porcentaje de gastos fijos en sus balances, de la capacidad de variabilizarlos, del nivel de apalancamiento pre y post crisis, de los fundamentos con que se produce (según sean más o menos intensivos en tecnología y capital humano) y, en definitiva, del grado de productividad con que se opera.

3. El consumo, al igual que en la anterior crisis, se retraerá más que la producción como consecuencia de pérdida rentas (del trabajo y del capital). Un efecto que, en esta ocasión, se verá ampliado por los cambios de comportamiento de los consumidores ante la preferencia por el ahorro, la reducción del gasto conspicuo (ocio y turismo), el mayor protagonismo de mercados nacionales, la segmentación de la cadena de consumo...

4. La crisis económica derivada de la COVID-19 ha resultado ser, además de impredecible y global, diferente a otras y en este sentido única. De forma análoga, la crisis sanitaria reflejada en el elevado nivel de contagiosidad y recurrencia del coronavirus resulta ser un acontecimiento global, de difícil resolución y de enormes consecuencias sobre el bienestar. Ante estas similitudes un concepto clave en la formulación de cualquier estrategia de salida ya no es el de 'resiliencia' o capacidad de recuperación del shock sino el de 'histéresis' o capacidad de anticipación y adaptación a las consecuencias permanentes de la COVID-19.

5. Con todo, la última de las certezas, hasta la fecha, y no por ello la menos importante, es que en la actual situación deberán contemplarse y valorarse todas las alternativas de arranque de la actividad y escoger aquella que asegure mayor estabilidad, menores interrupciones (generalizadas o intermitentes) y mayores certidumbres (lo que no hay que confundir con ausencia de riesgo).

Es en este quehacer que la economía, como cualquier disciplina científica, aspira a poner a disposición de la sociedad los instrumentos de que dispone para aglutinar y potenciar la inteligencia colectiva regional, en favor de una toma de decisiones óptima. Se trata de un empeño no exento de riesgos, pero ni más ni menos peligroso que cualquier otro intento de reflexionar sobre la parcela de la realidad que nos ha tocado pisar.

 

(Antoni Riera Font es catedrático de Economía de la UIB)

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